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«“Lo que se juega en estas dos elecciones nos alcanza también a quienes vivimos lejos. Cada avance de la extrema derecha alimenta a las demás”».
Ezio Macchione publicó: 👇🏼
Soy italiano y vivo en el Perú desde hace doce años. Miro Europa y América Latina desde ambas orillas, y cada vez me cuesta más aceptar que debamos acostumbrarnos a una política que se arrodilla ante los poderosos y exige sacrificios a quienes apenas pueden llegar a fin de mes.
Por eso las noticias de estas últimas horas me golpean. Lula ha quedado segundo en la primera vuelta, casi dos puntos detrás de Flávio Bolsonaro. Pedro Sánchez ha anunciado elecciones anticipadas en España. En pocas semanas, dos de las voces que han sabido plantarse frente a la prepotencia podrían perder sus gobiernos.
Y eso debería preocuparnos mucho más allá de las fronteras de Brasil y España.
Desde el Perú, donde conocemos demasiado bien el desprecio de una clase política por su propia población, sé lo que significa ver a un gobernante que recuerda para quién debería gobernar. Como italiano, también sé lo que produce contemplar a una derecha que confunde soberanía con obediencia a Washington, mientras convierte a los migrantes y a los pobres en culpables de todo.
En ese panorama, Lula y Sánchez han representado algo que empieza a escasear peligrosamente: la voluntad de defender una posición incluso cuando hacerlo tiene un precio.
Lula conoce el hambre desde antes de que fuera una estadística. Conoce el trabajo obrero, la pobreza y la humillación. Su historia ayuda a entender por qué sacar a Brasil del Mapa del Hambre tiene un significado que ningún discurso sobre la grandeza nacional puede reemplazar. La grandeza de un país empieza por que su gente pueda comer.
Una vivienda, una escuela, la posibilidad de que un muchacho siga estudiando en lugar de abandonar las clases para trabajar: ahí se mide la política. En la vida concreta de las personas. Y también en la capacidad de sostener esas prioridades cuando los privilegiados presentan cualquier redistribución como una amenaza al orden natural de las cosas.
Sánchez, por su parte, ha demostrado que pertenecer a Europa no obliga a bajar la cabeza ante el Calígula de Mar-a-Lago. Cuando Trump quiso utilizar las bases españolas para la guerra contra Irán, encontró un gobierno dispuesto a negarse. Y cuando llegaron las amenazas, la respuesta siguió siendo la misma: no a la guerra.
En una época en que tantos dirigentes calculan hasta dónde pueden indignarse sin molestar a sus aliados, esa firmeza tiene un valor enorme.
También lo tiene llamar genocidio al genocidio de Gaza. Reconocer a Palestina. Negarse a aceptar que la vida de un niño valga más o menos según el lado de una frontera en el que haya nacido. Hemos visto demasiados gobiernos buscar palabras cómodas para convivir con lo intolerable.
Por eso me importan Lula y Sánchez. Porque han demostrado que todavía se puede gobernar con prioridades sociales y conservar la dignidad frente a quienes pretenden mandar sobre el resto del mundo.
Lo que se juega en estas elecciones nos alcanza también a quienes vivimos lejos. Cada avance de la extrema derecha alimenta a las demás. Cada derrota de un gobierno que defiende derechos sirve de advertencia y de amenaza: cuidado con tocar privilegios, cuidado con desobedecer, cuidado con creer que los de abajo también tienen derecho a decidir.
El 25 de octubre y el 29 de noviembre habrá mucho más que dos gobiernos en disputa.
Yo deseo que ambos sigan ahí. Y me preocupa profundamente que podamos perderlos, precisamente cuando sobran los obedientes y hacen tanta falta quienes todavía saben mantenerse de pie.
