domingo, 25 de octubre de 2026

"HAITI, TIERRA DE NADIE" LOS SECUESTRADOS DEL SALVADOR POR LAS BANDAS HAITIANAS, LA QUIMERA DE QUE LA SOLUCION ESTA CERCA,EL RESCATE IMPOSIBLE DE NAYIV BUKELE, DICE QUE SON FUERZAS SATANICAS,Y QUE ESTA SERA LA VICTORIA DE DIOS, SOBRE LOS DEMONIOS Y YO CREO QUE SI, ,

       Una publicacion de fuentes externas 

cortesia del blog educativo de noticias del



       Lic Enildo E Rodriguez Nunez MBA PhDP 



Asesor Educativo Consultor de Marketing Politico 



Un rescate imposible: la cruzada de Nayib Bukele contra las “pandillas satánicas” de Haití


La desaparición de cuatro soldados salvadoreños que forman parte de la Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF) en Haití ha llevado al presidente Bukele a reforzar a la misión de su país, en un esfuerzo por doblegar a las bandas de criminales a las que ha calificado de “satánicas” y recuperar a sus hombres. La empresa ha sido recibida con escepticismo, mientras crecen los temores de que los secuestrados podrían haber sido asesinados.


Por Eumar Esaá

France 24


“No son nuestros hombres”. De esta forma respondió el presidente salvadoreño Nayib Bukele a la versión del diario ‘New York Times’ de que fueron hallados los cuerpos sin vida de cuatro aerotécnicos del país centroamericano que formaban parte de la Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF) desplegada en Haití.


Encontrar a esos hombres, emboscados el domingo 18 de octubre a las afueras de Puerto Príncipe, se ha convertido en una lucha del bien contra el mal, una misión divina para Bukele, que anunció el envío de un contingente mayor de soldados salvadoreños para reforzar a la GSF y encontrar a los desaparecidos.


"Todos los que se han enlistado son creyentes y hemos encomendado esta misión a Dios, mientras que las pandillas de Haití son satánicas y es de conocimiento público que hacen sacrificios humanos. Dios nos concederá la victoria. El Creador del Universo está con nosotros", escribió el presidente salvadoreño en una publicación en X.


Bukele también exigió a los pandilleros que liberen sanos y salvos a sus conciudadanos y amenazó con represalias en caso de que esto no ocurra.


El ‘New York Time’ citó personas vinculadas a la misión internacional de seguridad en Haití que aseguraron que los cuerpos de los cuatro hombres habían sido recuperados este 24 de octubre gravemente quemados, por lo que sería necesario un estudio forense para confirmar su identidad.


Mientras tanto, los restos serían entregados en el aeropuerto internacional de Puerto Principe al contingente militar salvadoreño enviado para el rescate, que no emitió declaraciones en un primer momento.


Luego fue el presidente Bukele el que desmintió la noticia aparecida en el diario estadounidense, explicando en X que, efectivamente, la misión había recibido los cuerpos, pero que “corresponden a un niño, a un hombre de una estatura considerablemente mayor que la de nuestros aerotécnicos y a una persona que portaba parte de un uniforme de un ejército que no es el nuestro”.

Hay un  problema existencial mas profundo en Haiti y todos los sabemos, peor aun despues de la retirada de los cascos azules de la ONU.

 EL ROSTRO DEL TERROR Y EL PODER DETRÁS DE LAS PANDILLAS 🇭🇹 NO HAN PERMITIDO A LA NUEVA JUNTA DE GOBIERNO AVANZAR


Detrás de la violencia que azota a Haití hay un pueblo que lucha por sobrevivir, familias que viven con miedo y comunidades atrapadas entre las balas y el terror. Los líderes de las pandillas que aparecen en los informes públicos son señalados por graves actos de violencia, secuestros, extorsiones y control armado de territorios.


Pero hay una pregunta que exige respuestas: ¿quiénes suministran las armas, quiénes financian estas redes y quiénes se benefician del caos?


La lucha contra las pandillas no termina con la captura de los hombres armados. También exige investigar las rutas del tráfico de armas, el lavado de dinero y cualquier posible red de protección política o económica, con pruebas y responsabilidades individuales.


⚖️ ¡Que caigan los responsables, sin importar su poder, su dinero o sus conexiones! Haití merece recuperar sus calles, proteger a sus niños y vivir sin miedo. La justicia debe alcanzar tanto a quienes empuñan las armas como a quienes se demuestre que financian o facilitan sus crímenes.


La verdad necesita pruebas, la justicia necesita valentía y Haití necesita paz.


#Haití2026 #JusticiaParaHaití #ContraLasPandillas #TráficoDeArmas #Seguridad #NoMásViolencia


UN CONSEJO PARA LOS QUE DESPERDICIAN SU TIEMPO BUSCANDO LA APROBACION DE LOS DEMAS, INTENTANDO SATISFACERLOS, ALEJANDOTE DE TUS PROPIOS SUENOS.ES TIEMPO DE PENSAR EN TI

 Una cortesia del blog educativo de noticias del 


Lic Enildo E Rodriguez Nunez MBA PhDP



Asesor Educativo Consultor de Marketing Politico 


La vida es demasiado corta para vivirla intentando satisfacer las expectativas de los demás mientras dejas tus propios sueños para después.

 Muchas personas pasan años trabajando para alcanzar objetivos que nunca eligieron, buscando aprobación, persiguiendo una definición de éxito impuesta por la sociedad y sacrificando su tiempo por construir una vida que no les pertenece. Un día despiertan y se dan cuentamde que han dedicado sus mejores años a cumplir los planes de otros, mientras sus propias metas siguen esperando.


Tu tiempo es uno de los recursos más valiosos que tienes, porque, a diferencia del dinero, no puedes recuperarlo una vez que lo has perdido. Puedes volver a ganar dinero, reconstruir un negocio y comenzar de nuevo después de un fracaso, pero nunca podrás recuperar las horas que desperdiciaste viviendo una vida que no deseabas. Por eso, aprende a elegir conscientemente dónde inviertes tu tiempo, con quién lo compartes y qué estás construyendo con cada decisión.


Si sueñas con alcanzar la libertad financiera, desarrollar tus propios negocios, cuidar tu salud o convertirte en una persona más preparada, comienza a dedicar tiempo a esos objetivos. Aprende nuevas habilidades, administra mejor tu dinero, construye fuentes de ingresos, invierte en tu crecimiento y trabaja con disciplina por la vida que deseas. No necesitas abandonar todas tus responsabilidades ni dejar de ayudar a los demás; necesitas dejar de abandonarte a ti mismo para complacer a todo el mundo.


No confundas estar ocupado con estar avanzando. Puedes trabajar muchas horas, ganar dinero y cumplir con todas tus obligaciones, pero si nunca tienes tiempo para construir tus propios proyectos, quizá estés utilizando toda tu energía para mantener una vida que no te acerca a tus verdaderas aspiraciones.


Aprende a decir que no a las distracciones, a las exigencias innecesarias y a todo aquello que consume tu tiempo sin aportar valor a tu vida. No todos comprenderán tus decisiones, y no todos estarán de acuerdo con tus prioridades. Está bien. No viniste al mundo para vivir buscando la aprobación de los demás, sino para construir una vida que tenga sentido para ti, sin dejar de respetar ni perjudicar a quienes te rodean.


Recuerda que el verdadero lujo no consiste únicamente en tener dinero, propiedades o cosas materiales; también consiste en tener la libertad de decidir cómo utilizar tus días, con quién compartirlos y qué sueños deseas perseguir.


Deja de posponer tu vida para algún día. Ese día comienza cuando decides actuar. Tu tiempo es limitado, tus oportunidades no siempre estarán disponibles y tus sueños necesitan algo más que buenas intenciones: necesitan tus decisiones, tu disciplina y tu compromiso.


Al final, el éxito no consiste en vivir la vida que los demás esperan de ti, sino en mirar atrás y sentir que tu tiempo fue invertido en aquello que realmente importaba. No permitas que se te pase la vida construyendo los sueños de otros mientras los tuyos siguen esperando.

EE.UU: COMO SE DESCOLONIZARON LOS TERRITORIOS OCUPADOS POR INDIOS DE NORTEAMERICA QUE HABITABAN EN LAS CONQUISTAS DE LOS REINADOS EUROPEOS EN EL NUEVO CONTINENTE DESCUBIERTOS POR EL VIEJO

 Una cortesia del blog educativo de noticias del 

   


    Lic Enildo E Rodriguez Nunez MBA PhDP 

Asesor Educativo Consultor de Marketing Politico



Se tiene la mala costumbre de pensar que la historia de los Estados Unidos comienza con un estallido de libertad, cuando en realidad nace de una serie de invasiones. Si revisamos los anaqueles de la memoria el génesis es, por decir lo menos, de terror. 


En 1776, las Trece Colonias decidieron romper con Inglaterra y, en el gesto fundacional de su independencia, inventaron un país que pronto se llamaría Estados Unidos de América. 

Un territorio que, en sus albores, se extendía como un mapa aún húmedo de tinta: desde las brumas de Maine hasta los calores de Georgia, abrazando la costa atlántica y empujando sus fronteras hacia los Apalaches, con la ambición de ir siempre más allá.


Diez años después, en 1786, los primeros estadounidenses desembarcaron en Hawái con la cordialidad de quien llega como invitado. La paz inicial fue apenas un preludio: muy pronto, las manos que estrechaban se transformaron en las mismas que controlaban las plantaciones de azúcar, dulcificando el negocio con la retórica del progreso mientras amargaban la vida de quienes quedaban sometidos a esa nueva economía colonial.


En 1803, el presidente Thomas Jefferson —ese hombre que soñaba con un imperio de agricultores libres y terminó inaugurando la era de las adquisiciones masivas— envió a James Monroe, futuro autor de la célebre Doctrina Monroe, resumida en la consigna «América para los americanos», a París. 

Su misión era unirse al ministro estadounidense en Francia, Robert R. Livingston, con un objetivo tan pragmático como ambicioso: comprar Nueva Orleans y garantizar el acceso al río Misisipi, arteria vital para el comercio y metáfora líquida del poder en expansión.


Luisiana —cuyo territorio abarcaba los actuales estados de Montana, Wyoming, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Minnesota, Iowa (parte occidental), Wisconsin, Illinois, la mitad de Colorado, Nebraska, Kansas, Missouri, Oklahoma, Arkansas, un tramo de Nuevo México, el norte de Texas y Louisiana—, estaba entonces en manos de Francia, después de que España lo transfiriera a Napoleón Bonaparte en 1800. 

Pero el emperador, ocupado en financiar sus guerras, sofocar la rebelión de Haití y prepararse para un posible enfrentamiento con Gran Bretaña, descubría que Luisiana era más carga que tesoro: difícil de defender, imposible de administrar.


En un gesto tan inesperado como calculado, Napoleón ofreció vender no solo Nueva Orleans, sino todo el territorio de Luisiana. Jefferson aceptó con la rapidez de quien sabe que la historia rara vez repite sus gangas. 

El acuerdo se cerró en 15 millones de dólares: apenas 4 centavos por acre, una de las compras territoriales más baratas —y más decisivas— de la historia. Un negocio que convirtió a la joven república en un gigante en ciernes y a Napoleón en el vendedor más pragmático del continente.

Sólo que había un detalle; esas tierras tenían dueños, naciones que llevaban más de mil años viviendo ahí: Sioux, Ojibwe (Anishinaabe), Ottawa, Potawatomi, Menominee, Ho-Chunk, Sauk, Meskwaki, Illiniwek, Miami, Kickapoo, Quapaw, Osage, Caddo, Wichita, Pawnee, Omaha, Ponca, Kaw, Arikara, Mandan, Hidatsa, Crow, Cheyenne, Arapaho, Niitsitapi, Shoshone, Ute, Nez Perce, Comanche, Kiowa, Apache, Navajo (Diné), Chickasaw, Choctaw, Natchez, Tunica. 


Cada una de estas naciones estaba formada por muchas tribus.

En vez de «conquistar» estas naciones a sangre y fuego, como lo hicieron españoles e ingleses en sus respectivas temporadas de gloria imperial, el nuevo país que ondeaba la bandera de las libertades optó por un verbo más elegante y menos sangriento: «negociar». Sí, negociar, con la misma sonrisa diplomática y la misma voracidad intacta que aún hoy se exhibe en los foros internacionales.


El método era sencillo y casi infantil en su retórica: «Me das tu oro, tu agua, tus tierras… y yo te premio con una estrellita (de niño bien portado) en mi bandera». Un trueque disfrazado de civilidad, un contrato firmado con tinta invisible donde la balanza siempre se inclinaba hacia el lado del comprador. 

Así, la violencia se maquillaba de cortesía, y la conquista se transformaba en un intercambio que, bajo el disfraz de la libertad, perpetuaba la misma lógica de dominio.


Por supuesto, estas naciones no estaban dispuestas a abandonar sus tierras, ni a venderlas, ni a intercambiarlas por nada. La dignidad no se negocia. Cuando la nación Lenape, en lo que hoy es Ohio, se negó a vender su territorio, el ejército estadounidense los invadió tres veces, hasta arrancarles lo que defendían con uñas, memoria y sangre. 

La historia se repitió con la nación Semvnole, en la actual Florida, donde la resistencia fue respondida con la misma maquinaria bélica.


La nación Mvskoke, situada en los actuales estados de Alabama y Georgia, decidió no correr la suerte de sus vecinos y firmó un tratado que, bajo la apariencia de legalidad, les arrebató más de la mitad de su territorio. 

Años después, el ejército estadounidense regresó para invadir lo que quedaba y los obligó a abandonar sus tierras, demostrando que los acuerdos eran apenas promesas escritas en arena.


Las naciones Sioux y Arapaho, en cambio, defendieron su territorio con fiereza y lograron derrotar al ejército estadounidense. Pero la victoria fue efímera: Estados Unidos ofreció otro tratado, y otra vez lo rompió cuando descubrió minas de oro en lo que hoy conocemos como Colorado, Montana, Dakota del Sur y Wyoming.

 El oro brillaba más que la palabra empeñada, y la codicia se impuso sobre cualquier pacto.


En el siglo que siguió, Estados Unidos libró alrededor de 40 guerras contra naciones y tribus indígenas y protagonizó más de 2 500 enfrentamientos, todos coronados con la firma de más de 360 tratados que, como suele ocurrir en la historia escrita por los vencedores, concluyeron en exterminio y en el aislamiento de los sobrevivientes.


Fue entonces cuando el presidente Andrew Jackson, en nombre de la justicia y la libertad —palabras que en su boca se transformaban en eufemismos de despojo— impulsó el Indian Removal Act, una ley federal aprobada en 1830 que autorizaba al gobierno a expulsar por la fuerza a las naciones indígenas del sureste del país. 

El destino impuesto: los territorios al oeste del río Misisipi, lo que hoy conocemos como Oklahoma, rebautizados con el nombre de Indian Territory.


Pero la ironía histórica no se detuvo ahí: años más tarde, también de ese territorio fueron expulsados, confirmando que la promesa de libertad era apenas un espejismo y que la palabra «tratado» equivalía a un contrato firmado con tinta invisible, siempre dispuesto a ser borrado cuando la ambición lo exigiera.

Pero todo el territorio robado no les bastaba. El 25 de abril de 1846, Estados Unidos emprendió una guerra contra su vecino del sur: México. ¿Y cómo terminó aquella invasión? Con otro tratado, por supuesto. El Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado en 1848, mediante el cual México perdió aproximadamente la mitad de su territorio. La libertad, en este caso, se medía en kilómetros cuadrados y se rubricaba con tinta extranjera.


¿Se acuerdan de Hawái? En 1893, un grupo de empresarios y colonos estadounidenses, respaldados por el ministro de Estados Unidos en la isla y por marines que desembarcaron sin declaración de guerra, obligaron a la reina Liliʻuokalani a abdicar. 

Se proclamó entonces una república controlada por los golpistas. Y, según la historia oficial, Hawái «pidió» su anexión a Estados Unidos en 1898, mediante una resolución del Congreso. Mira nada más. Ya se habían cansado de los tratados: la anexión disfrazada de petición era más práctica y menos engorrosa.


Ese mismo año, 1898, Estados Unidos se apropió de Puerto Rico durante la Guerra Hispano-Estadounidense. España fue derrotada y, fiel a la costumbre, firmó otro tratado: el Tratado de París. Desde entonces, Puerto Rico quedó como territorio no incorporado de Estados Unidos, porque la palabra «colonia» resulta incómoda para los presidentes que se autoproclaman guardianes de las libertades.

En el mismo Tratado de París, España cedió Filipinas a Estados Unidos. Sin consulta, sin plebiscito, sin siquiera preguntar a la población filipina. Pero los filipinos, que ya habían declarado su independencia, se levantaron contra el nuevo ocupante. La respuesta estadounidense fue una guerra brutal, con cientos de miles de muertos, muchos de ellos civiles, prueba de que la libertad podía llegar envuelta en metralla.


Mientras tanto, Estados Unidos necesitaba transportar mercancías del Pacífico al Atlántico. «¿Dónde? ¿Dónde?», se preguntaban. Y la respuesta parecía obvia: en Colombia había un terrenito estrecho, perfecto para un canal. «¿Querrán?» «No se pierde nada con preguntar.» Colombia rechazó el tratado. «¿Cómo se atreven?», replicó el país de las libertades. Y, casualmente, los habitantes de la zona decidieron separarse de Colombia. Con apoyo militar estadounidense, Panamá se declaró independiente en noviembre de 1903.


Ese mismo año apareció mister Tratado: el Hay–Bunau-Varilla, firmado por un ingeniero y empresario francés, exdirectivo de la compañía del canal, que no era panameño y que rubricó en nombre de Panamá sin autorización popular ni presencia del gobierno panameño. 

El acuerdo entregó a Estados Unidos el control perpetuo de la Zona del Canal. Entre 1904 y 1914, los estadounidenses construyeron el canal y lo gobernaron como territorio propio de facto.


Hagamos un paréntesis: en 1954, la CIA orquestó y ejecutó la Operación PBSuccess, un golpe de Estado en Guatemala que derrocó al presidente democráticamente electo, Jacobo Árbenz Guzmán, porque se atrevió a impulsar reformas sociales que desafiaban el monopolio de la todopoderosa United Fruit Company (UFCO), bautizada popularmente como «El Pulpo» por sus tentáculos que se extendían con sus infames prácticas laborales explotadoras en países como Guatemala, Honduras, Costa Rica y Colombia. 

Los trabajadores recibían sueldos miserables, a menudo no más de 50 centavos al día, en forma de vales canjeables únicamente en las tiendas de la compañía. Algo le aprendieron al porfiriato. Las jornadas eran de sol a sol, sin pago de horas extra. Los obreros estaban expuestos a pesticidas, serpientes venenosas, mosquitos portadores de enfermedades, el calor excesivo, la humedad extrema de las plantaciones y un alto riesgo de accidentes sin compensación. La vivienda era precaria: dormitorios insalubres, higiene deficiente y atención médica insuficiente. 


El gobierno de Dwight D. Eisenhower vio en estas reformas un peligro rojo, exagerando la influencia de asesores izquierdistas en el gabinete de Árbenz. En realidad, los documentos desclasificados revelan que el verdadero temor era el «mal ejemplo» que un país latinoamericano se atreviera a realizar reformas independientes sin pedir permiso a Washington. Las consecuencias fueron devastadoras. 


Regresemos con los panameños que nunca aceptaron el tratado: lo consideraban una imposición ilegítima y colonial. Las protestas desembocaron en enfrentamientos con tropas estadounidenses que dejaron decenas de muertos en enero de 1964. Panamá llevó el caso a la ONU y a foros internacionales, donde Estados Unidos empezó a ser visto como potencia colonial anacrónica en plena Guerra Fría, dañando la imagen del país de las libertades.

El general Omar Torrijos convirtió el canal en causa nacional y regional, logrando apoyo de países no alineados y latinoamericanos. Finalmente, el presidente Jimmy Carter reconoció que el control perpetuo del canal era insostenible política y moralmente. En 1999, Panamá recuperó el control total del canal.

Pero en 2018, los «malvados y malagradecidos» panameños —según la narrativa del tío Sam— iniciaron relaciones diplomáticas con la República Popular China. Entonces, Donald Trump aseguró, sin pruebas, que China controlaba el Canal de Panamá y que aquello era inaceptable para Estados Unidos.


Hoy, el canal de Panamá está nuevamente bajo control estadounidense.