sábado, 22 de mayo de 2010

NAPOLEON, TOUSSAINT Y LA REVOLUCION FRANCESA

Napoleón, Toussaint y la revolución francesa

Posted in: La senda




Toussaint nació esclavo en una plantación en Bréda, cerca de lo que hoy es Cabo Haitiano, probablemente en 1743. Su amo, admirado de su inteligencia, lo instruyó en francés y le permitió una autoeducación que le hizo admirar a Julio César y a Alejandro el Grande.

Por José Tobías Beato

“Toda persona, cualquiera que sea su color, será admitida a todos los empleos…..“No existe otra distinción que la de las virtudes y los talentos.” Tales declaraciones son parte del artículo cuarto de la primera constitución latinoamericana, la cual en su ordinal tres ya había proclamado que “la servidumbre queda abolida para siempre; todos sus habitantes nacen, viven y mueren libres y franceses”. Franceses porque tal constitución había sido redactada el 9 de mayo de 1801 en Puerto Príncipe, capital de la república que luego sería llamada Haití.

Redactada bajo la dirección del primero de los negros, Francois-Dominique Toussaint. Estuvo vigente por escaso tiempo, porque el primero de los blancos de esa época, Napoleón Bonaparte, se cruzó en el camino para impedir su aplicación.

Esa primera constitución latinoamericana nació bajo la influencia directa de la Revolución Francesa. Una revolución que intentó por vez primera cambiar las instituciones económicas y sociales y hasta la naturaleza humana, mediante la acción política. Una revolución largamente gestada en el tiempo por los abusos de las clases dirigentes que cargaban de impuestos al pueblo trabajador, mientras que ellas mismas se eximían de todo recargo y llevaban una vida de lujo y ostentación.

En su rivalidad con los ingleses, Francia había apoyado con armas, dinero y hombres a la naciente república estadounidense, lo que llevó el tesoro francés a la bancarrota, en un momento en el que éste no se había recuperado de la llamada guerra de los “siete años” con la misma Inglaterra, en la que había perdido enormes territorios como Canadá y casi todo su imperio en América del Norte; y aunque Francia había logrado quedarse con sus posesiones en la India, estaba militarmente restringida.

No debe olvidarse que gran parte del bienestar de que disfrutaban las clases dirigentes francesas, reposaba en el trabajo esclavo de sus colonias, particularmente del llamado ‘Santo Domingo’ francés de la Hispaniola.

La Revolución Francesa, iniciada en 1789 se mantuvo hasta 1799 cuando Napoleón dio el golpe del 18 de Brumario según el nuevo calendario creado por la revolución para oponerse al cristianismo que hacía del nacimiento de Jesús el centro del tiempo; para los revolucionarios franceses, el tiempo comenzaba a contarse a partir de 1792 con el derrocamiento de la monarquía; ese era el año uno. Así, Brumario correspondía a noviembre, ya que los meses eran nombrados por las estaciones y las condiciones de la naturaleza. Julio era Termidor, abril, Floreal. Estos meses eran de tres semanas, y éstas tenían diez días, de modo que no hubiera domingos.

La sociedad francesa, de unos veintiséis millones de personas —Francia era al momento el país más extenso y poblado de Europa— estaba constituida por los llamados tres estados. El primero era el clero católico, el segundo la nobleza y el tercer estado todos los demás: campesinos, obreros, tenderos, intelectuales; una larga fila, en fin de estamentos, pero que eran efectivamente el noventa y siete por ciento de la población. Una población sin movilidad social, pues el nacimiento, la cuna, determinaba todo lo demás.

El que nació hijo de duque, sería duque por siempre y para él los privilegios y los derechos y todos sus actos serían moralmente nobles, sinónimo de buenos. El que nació hijo de zapatero, de hacer zapatos no pasaría y sobre él los deberes y las cargas impositivas y sus actos moralmente infames o cosa de villanos (pues de un habitante de villa no podía salir nada bueno).

Mientras tanto, un movimiento filosófico que promovía la ciencia, el conocimiento como senda de luz con infinitas posibilidades; que hacía énfasis en pensar por uno mismo, poniendo en tela de juicio las creencias recibidas, entre ellas el supuesto derecho divino de los reyes, las antiguas teorías provenientes de Aristóteles y hasta la Biblia misma. Un movimiento que sometía a crítica el estilo de vida de los nobles y de la Iglesia, entre otros espinosos asuntos: es la “Ilustración” de Voltaire y Rousseau, de Thomas Paine y David Hume, de Diderot y Kant; de Godwin, Benjamín Franklin, Thomas Jefferson; de los españoles, Jovellanos, Pedro Pablo Abarca —conde de Aranda—, Feijoo, y del argentino Mariano Moreno, entre otros.

No es un movimiento de ideas homogéneas; algunos ni siquiera son filósofos originales, sino divulgadores de ideas.

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