miércoles, 7 de octubre de 2026

CUANDO LOS QUE RESISTEN LAS ULTRADERECHAS SE TAMBALEAN,SUENAN TODAS LAS ALARMAS

 


CUANDO LOS QUE RESISTEN SE TAMBALEAN, SUENAN TODAS LAS ALARMAS



Soy española. Nací en Santa Cruz de Tenerife, pago mi hipoteca como cualquier hija de vecino y cada día veo cómo el precio del aceite, de la luz y del transporte convierte lo básico en un lujo. 


Desde aquí, con los pies en el suelo de este país, miro a mi alrededor y siento un nudo en el estómago: la ultraderecha ya no llama a la puerta. Está sentada en parlamentos, en ayuntamientos, y normaliza un discurso que hace años nos habría parecido impensable. 


Y justo ahora, cuando más falta hace plantar cara, dos de los pocos gobiernos que se han atrevido a decir “no” están contra las cuerdas. Brasil y España.


Pero no es solo Brasil. 

No es solo España. 

Es lo que se contagia.


He seguido con angustia la primera vuelta en Brasil: Lula por detrás de Flávio Bolsonaro por casi dos puntos. 

Y aquí, Pedro Sánchez convocando elecciones anticipadas. 

No son noticias aisladas. 

Cuando cae un gobierno que pone a la gente por delante de los mercados, el resto aprende la lección: mejor obedecer, mejor no molestar a los poderosos.


Conocemos ese guion. 

Lo hemos visto en Europa cada vez que un país intentó subir el salario mínimo, proteger la sanidad pública o decirle a Washington que aquí no se entra en guerras ajenas. 

La respuesta siempre es la misma: chantaje económico, titulares apocalípticos, y una derecha encantada de señalar culpables. 

Y esos culpables siempre son los mismos: el migrante, el parado, la madre soltera, el joven que no encuentra piso.


POR QUÉ IMPORTA QUE ALGUNOS AGUANTEN DE PIE


Lula no habla de pobreza porque lo haya leído en un informe. 

Viene de ella. 

Sabe lo que significa que un niño deje la escuela para llevar un sueldo a casa. 

Por eso cuando Brasil salió del Mapa del Hambre, no era propaganda: era la diferencia entre comer o no comer. 

Y eso, por mucho que algunos lo desprecien, es la primera medida de la grandeza de un país. 


Sánchez tampoco ha sido perfecto, pero ha hecho algo que en Bruselas escasea: recordar que ser europeos no significa agachar la cabeza. 

Cuando Trump quiso usar bases españolas para atacar Irán, la respuesta fue no. 

Cuando llegó el turno de Gaza, llamó genocidio al genocidio y reconoció a Palestina. 

En un continente donde demasiados gobiernos buscan eufemismos para no incomodar a sus socios, esa claridad pesa. 

Duele que sea noticia, pero pesa.


LO QUE SE ROMPE SI ELLOS CAEN 


No nos engañemos: si la extrema derecha avanza en Brasil y en España, avanza en todas partes.

O avanza en Brasil y en España porque ya avanzó en otras partes. 

Cada gobierno que pierde por defender derechos laborales, vivienda o sanidad pública es un aviso para el siguiente: “No toques los privilegios. No desobedezcas. No gobiernes para los de abajo”. 


Y aquí ya lo estamos viendo.

 Discursos que culpan a los menores inmigrantes de todos los males. 

Propuestas para desmantelar leyes de igualdad mientras se aplaude a quien recorta en dependencia. 

Negacionismo climático cuando Canarias arde. Gente que confunde soberanía con sumisión a los de siempre, mientras reparte carnets de “buen español”.


EL 25 DE OCTUBRE (BRASIL) Y EL 29 DE NOVIEMBRE (ESPAÑA) NOS JUGAMOS MÁS QUE UNAS SIGLAS


Yo no quiero un país donde la política consista en arrodillarse ante quien más tiene y pedirle paciencia a quien no llega a fin de mes. 

Quiero un país donde un chaval pueda estudiar sin dejarlo a los 16 para repartir puzzas en moto. Donde una mujer no tenga que elegir entre pagar la luz o la compra. 

Donde decir “no a la guerra” no sea un acto de heroísmo, sino de sentido común.


Por eso me importa que Lula y Sánchez sigan. Porque representan algo que se está extinguiendo: la idea de que gobernar es, sobre todo, acordarse de para quién gobiernas. 

Y porque cuando ellos caen, suben los que ya sabemos a hacer lo que ya sabemos que van a hacer: recortar, señalar, obedecer a los de afuera para mandar dentro.


Como ciudadana, estoy preocupada. 

Mucho. 

Porque sobran los obedientes y faltan, desesperadamente, quienes todavía saben mantenerse de pie. 


Y perderlos ahora, en este momento, sería un lujo que ni España ni Europa, ni Brasil ni Latinoamérica pueden permitirse.

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