sábado, 24 de enero de 2026

MAR CARNEY, DE LA BANCA INTERNACIONAL AL BANWUILLO

 MARK CARNEY, DE LA BANCA AL BANQUILLO...


Una publicacion de fuentes externas 

cortesia del blog educativo de noticias del

 Lic Enildo Rodriguez Nunez MBA PhDP Asesor Educativo Consultor de Marketing Politico 


Hay giros inesperados en la política, y luego está Mark Carney, ese raro fenómeno contemporáneo:


un banquero central hablando de soberanía nacional con una convicción que ha hecho que más de un militante de izquierda mexicana levante la ceja… y aplauda.


Sí, aplauda.


Al ex Goldman Sachs.

Al ex Banco de Inglaterra.

Al ex Banco de Canadá.


La historia reciente nos había entrenado para lo contrario: cuando un hombre sale del sistema financiero internacional, normalmente lo hace para explicarnos por qué no hay alternativa. Carney, en cambio, salió para explicarnos por qué Canadá sí debe tenerla.


Y ahí empieza el problema.


Porque el nuevo relato es impecable, casi poético:


Canadá primero, soberanía económica, autonomía frente a presiones externas, dignidad nacional en un mundo brutalmente interdependiente. Todo muy bien. Todo muy correcto. Todo muy… extrañamente convincente viniendo de alguien que pasó su vida profesional asegurándose de que el sistema global no se saliera del carril.


El guardián del sistema ahora cuestiona el sistema


Durante años, Carney fue el hombre que hablaba en un idioma que nadie vota:

estabilidad, confianza de los mercados, credibilidad institucional.


No levantaba banderas; levantaba tasas.

No apelaba al pueblo; tranquilizaba inversionistas.


Hoy, en cambio, habla de soberanía con una cadencia que haría sonrojar a más de un líder latinoamericano. Y lo hace tan bien que incluso desde la izquierda mexicana —tradicionalmente alérgica a los trajes bien cortados y a los currículums en Davos— han salido frases de admiración, casi de gratitud:


“Mira, un tecnócrata que entendió”.


¿Entendió qué?

¿Que el sistema es injusto?

¿Que la globalización tiene costos políticos?

¿O que el clima electoral cambió y ahora la soberanía vende mejor que la eficiencia?


No es el primero, pero sí uno de los más elegantes. Carney no está solo en este club de conversos sobrios.


Mario Draghi (Presidente del Consejo de Ministros de Italia) nos enseñó que se puede ser banquero y patriota siempre y cuando la patria no pida épica, sino paciencia.


Emmanuel Macron (Presidente de Francia) nos vendió la soberanía como un proyecto europeo… convenientemente gestionado desde arriba.


Rishi Sunak (Miembro del Parlamento del Reino Unido, conservador) intentó el equilibrio y terminó demostrando que los mercados no dan votos y los votos no tranquilizan mercados.


La diferencia es que Carney parece haber aprendido la lección correcta: la soberanía no se proclama, se administra.


Y ahí está su mayor fortaleza… y su mayor incongruencia.


Porque nadie sabe mejor que él que la soberanía moderna no es absoluta, que Canadá no va a emanciparse del dólar, ni de Estados Unidos, ni del capital global por decreto moral. Lo sabe porque ayudó a construir ese entramado.


Y aun así, habla como si ahora tocara plantarse.


El soberanismo sin barro.


El problema no es que Carney hable de soberanía. El problema es que lo haga sin haber pasado por el barro. 


Nunca fue el político al que un fondo de inversión le dobló el brazo.


Nunca fue el ministro al que una calificadora le puso una pistola en la sien.


Él era, muchas veces, la pistola invisible.

Por eso su discurso suena tan limpio, tan racional, tan perfectamente argumentado. La soberanía, en su versión Carney, no duele. No polariza. No desordena. No rompe nada importante.


Es una soberanía compatible con el sistema, lo cual es admirable… y sospechosamente cómodo.


Entonces, ¿es incoherente?


No del todo. Y eso es lo inquietante. Carney no miente cuando habla de soberanía. Pero tampoco la pone en riesgo.


Su soberanía es la del margen, no la de la ruptura.


La del amortiguador, no la del choque. La del experto que sabe exactamente hasta dónde se puede empujar la cuerda sin que se rompa.

Lo cual explica por qué entusiasma a tantos:

a los moderados, porque no asusta; a la izquierda, porque suena responsable; a las élites, porque saben que no va a incendiar la casa.


Don Diego de la Vega.