sábado, 26 de marzo de 2022

EL DIA QUE MIKE PENCE SE HARTO DE TRUMP

El día que Mike Pence se hartó de Trump

Durante casi cuatro años, el vicepresidente se mordió la lengua frente a los impulsos de su jefe, algo que los críticos dicen que permitió lo peor del presidente. Así fue la semana en que resistió a los insultos y presiones de Trump.

El vicepresidente Mike Pence en una sesión conjunta del Congreso convocada para confirmar el recuento del Colegio Electoral el miércoles 6 de enero.
El vicepresidente Mike Pence en una sesión conjunta del Congreso convocada para confirmar el recuento del Colegio Electoral el miércoles 6 de enero.
Credit...Erin Schaff/The New York Times

WASHINGTON — Para el vicepresidente Mike Pence, el momento de la verdad había llegado. Luego de tres años y once meses de navegar las traicioneras aguas del ego del presidente Trump, después de tantos momentos de morderse la lengua y tragarse el orgullo en los que recurrió al silencio estratégico o a la adulación ampulosa para caerle bien a su jefe, otra vez el presidente lo maldecía.

Trump estaba furioso de que Pence se rehusara a intentar anular la elección. En una serie de reuniones, el presidente lo había presionado sin cesar y alternaba entre la lisonja y la intimidación. Al final, justo antes de que Pence se marchara rumbo al Capitolio para supervisar el conteo de los votos electorales el miércoles pasado, Trump llamó a la residencia del vicepresidente para intentar presionarlo una última vez.

“Puedes pasar a la historia como un patriota”, le dijo Trump, según dos personas que estaban al tanto de la conversación, “o puedes pasar a la historia como un cobarde”.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. 

El choque entre los dos funcionarios electos de mayor rango en Estados Unidos se desarrolló dramáticamente cuando el presidente excorió públicamente al vicepresidente en un mitin incendiario y envió a sus agitados seguidores al Capitolio, cuyo edificio invadieron, algunos coreando: “Cuelguen a Mike Pence”.

Luego de que lo evacuaron al sótano, Pence se agazapó ahí durante horas mientras Trump tuiteaba un ataque en su contra en lugar de llamarlo para consultar si estaba seguro.

Fue la ruptura extraordinaria de una alianza que ya había sobrevivido demasiados desafíos.

El lugarteniente leal que casi nunca había estado en desacuerdo con el presidente, que había pulido cada una de las posibles fracturas al final llegó a un momento de decisión que no podía evitar. Iba a defender la elección a pesar del presidente y a pesar de la turba. Y pagaría el precio ante la base política que alguna vez había esperado aprovechar en su propia carrera hacia la Casa Blanca.

“Pence enfrentaba una decisión entre su deber constitucional y su futuro político e hizo lo correcto”, dijo John Yoo, un experto jurídico al que recurrió la oficina de Pence. “Creo que era el hombre del momento en muchos sentidos, tanto para los demócratas como para los republicanos. Cumplió su deber a pesar de que debe de haber sabido, al hacerlo, que eso probablemente implicaba que jamás sería presidente”.

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Jeff Flake, exsenador por Arizona, uno de los críticos republicanos más francos de Trump y viejo amigo de Pence que se distanció de él por el presidente, dijo que le tranquilizó ver que el vicepresidente al fin había adoptado una postura.

“Hubo muchos momentos en los que deseé que se hubiera separado, hablado, pero me alegra que lo haya hecho cuando lo hizo”, dijo Flake, “Desearía que lo hubiera hecho antes pero sin duda estoy agradecido de que lo hiciera ahora. Sabía que lo haría”.

No todo el mundo fue tan benévolo con Pence y le criticaron al decir que seguir la Constitución no era precisamente algo por lo que hubiera que idolatrarlo y observaron que su deferencia hacia el presidente durante casi cuatro años fue lo que en primer lugar le permitió a Trump llevar a cabo su ataque a la democracia.

“Me alegra que no haya transgredido la ley pero es difícil decir que alguien es valiente por no ayudar a derrocar nuestro sistema de gobierno democrático”, dijo el representante Tom Malinowski, demócrata por Nueva Jersey. “Tiene que entender que el hombre para el que ha estado trabajando y a quien ha defendido con lealtad es casi por completo el responsable de crear un movimiento en este país que busca colgar a Mike Pence”.

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El distanciamiento entre Trump y Pence ha dominado sus últimos días en el cargo, entre otras cosas porque el vicepresidente cuenta con el poder bajo la Vigésima Quinta Enmienda para destituir al presidente de su cargo con el apoyo del gabinete. La Cámara de Representantes votó el martes exigiendo que Pence tome esa medida o, de lo contrario, acusaría a Trump.

El martes por la noche, Pence envió una carta a la congresista Nancy Pelosi en la que se rehusaba a tomar dicha medida. Pero Trump ya estaba tan ansioso al respecto que luego de cinco días de tratar con frialdad al vicepresidente, al fin lo invitó al Despacho Oval la noche del lunes para intentar enmendar la relación. La descripción oficial de la conversación, de una hora, es que fue “buena”; la descripción no oficial es que “no fue sustancial” y resultó “forzada”.

Este enfrentamiento es la tercera vez en 20 años que un presidente saliente y un vicepresidente tuvieron conflicto en sus últimos días en el cargo. Luego de que el vicepresidente Al Gore perdió su campaña presidencial en 2000 tuvo una amarga pelea con el presidente Bill Clinton en el Despacho Oval sobre quién tenía la culpa. Ocho años más tarde, a días de dejar su mandato, el vicepresidente Dick Cheney reprendió al presidente George W. Bush por rehusarse a indultar a I. Lewis Libby Jr., el exjefe de personal del presidente, por perjurio en un caso de filtración de la CIA.

Trump asumió el cargo sin una comprensión real del modo en que sus predecesores habían manejado las relaciones con sus compañeros de fórmula. En los primeros días, cuando quedó claro que no habría un organigrama o un proceso formal de toma de decisiones, Pence se convirtió en una presencia regular en el Despacho Oval, simplemente aparecía sin agenda y a menudo entraba a participar en alguna discusión para la que no había recibido material informativo.

Cada mañana llegaba al Ala Oeste, se informaba sobre la hora en que el presidente iba a bajar de la residencia y sencillamente se instalaba en el Despacho Oval gran parte del día. Casi nunca se le invitaba formalmente a nada y su nombre rara vez aparecía en los registros oficiales de las reuniones. Sin embargo, casi siempre andaba por ahí.

Calmado e imperturbable, Pence se convirtió en el confidente de los secretarios del gabinete y otros funcionarios que temían la ira de Trump y daba consejos sobre el mejor modo de tocar temas incómodos con el presidente sin provocarlo.

No enojar a Trump era “uno de sus objetivos clave”, observó David J. Shulkin, exsecretario de Asuntos de Veteranos. “Intentaba con mucho empeño andar por una línea muy difícil”. Pero eso implicaba que a menudo las opiniones de Pence no eran claras.

“¿Las políticas y declaraciones emitidas eran aquellas con las que él estaba completamente de acuerdo?”, preguntó Shulkin. “¿O se trataba de su estrategia, mejor estar en la sala, mejor ser una parte confiable para ayudar a moderar algunas de esas estrategias y el modo de lograrlo es no estar en desacuerdo en público? Creo que era de verdad difícil saber exactamente cuál era su posición”.

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Pence al final descubrió que la lealtad a Trump solo importa hasta que ya no importa. La tensión entre ambos había aumentado en los últimos meses y el presidente se quejaba en privado de Pence. Los aliados del vicepresidente creen que a Trump lo provocó en parte Mark Meadows, el jefe de personal de la Casa Blanca, quien le dijo que los colaboradores de Pence estaban filtrando información a la prensa. Eso ayudó a crear una atmósfera tóxica entre ambos incluso antes del día de la elección.

Cuando los esfuerzos de Trump para anular los resultados de la elección fueron rechazados en cada ocasión por jueces y funcionarios estatales, a Trump se le dijo, incorrectamente, que el vicepresidente podría poner fin a la confirmación final de la elección del presidente electo, Joseph R. Biden.

El abogado de Pence, Greg Jacob, investigó el asunto y concluyó que el presidente no tenía tal autoridad. A instancias de Rudolph W. Giuliani y Jenna Ellis, dos de sus abogados, Trump insistió.

La oficina de Pence solicitó más opiniones a constitucionalistas, entre ellos Yoo, un conservador destacado en la Universidad de California campus Berkeley que trabajó para el gobierno de Bush.

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La semana pasada, en el Despacho Oval, un día antes del conteo, Trump presionó a Pence en una serie de encuentros que sostuvieron, entre ellos una reunión que duró alrededor de una hora. John Eastman, un constitucionalista conservador de la Universidad Chapman, se encontraba presente y argumentó a Pence que sí disponía de tal facultad.

A la mañana siguiente, horas antes de la votación, Richard Cullen, el abogado personal de Pence, llamó a J. Michael Luttig, un exjuez de la corte de apelaciones venerado por los conservadores, y para quien Eastman trabajó como secretario. Luttig aceptó escribir rápidamente su opinión de que el vicepresidente no tenía poder para cambiar el resultado y luego la publicó en Twitter.

Minutos después, el personal de Pence incorporó el razonamiento de Luttig citándolo por nombre, en una carta que daba a conocer que el vicepresidente había decidido no intentar bloquear a los electores del Colegio Electoral. Cuando se le contactó el martes, Luttig dijo que haber ayudado a proteger la Constitución había sido “el mayor privilegio de mi vida”.

Luego de la iracunda llamada en la que maldijo a Pence, Trump azuzó a sus seguidores en el mitin en contra de su propio vicepresidente. Aludiendo a los llamados “republicanos solo de nombre”, (RINOs, por su sigla en inglés), dijo: “Espero que no escuche a los RINOs y a la gente estúpida a la que escucha”.

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“Le tendió una trampa a Mike Pence ese día al ponerle esa carga”, dijo Ryan Streeter, quien fue consejero de Pence cuando el vicepresidente era gobernador de Indiana. “Es bastante inaudito en la política estadounidense. Que un presidente traicione así a su propio vicepresidente y aliente a sus seguidores a atacarlo es algo inconcebible para mí”.

Para entonces, Pence ya estaba en su caravana rumbo al Capitolio. Cuando la turba irrumpió en el edificio, agentes del Servicio Secreto lo evacuaron a él, su esposa y sus hijos, primero a su oficina en otro piso y más tarde al sótano. Sus agentes le pidieron que abandonara el edificio pero él se rehusó. Desde ahí llamó a líderes legislativos, al secretario de Defensa y al presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor, pero no al presidente.

Más tarde, un senador republicano diría que jamás había visto a Pence tan molesto, al sentirse traicionado por un presidente por el que había hecho tanto. Para Trump, dijo un asesor, el vicepresidente había entrado al “Territorio Sessions”, en alusión a Jeff Sessions, el procurador general al que el presidente humilló antes de despedirlo. (Un vicepresidente no puede ser despedido por un presidente).

El día después del asedio al Congreso, el jueves, Pence evitó a Trump y no acudió a la Casa Blanca. Al día siguiente fue, pero se pasó gran parte de la jornada en el edificio de la Oficina Ejecutiva Eisenhower, donde organizó una fiesta de despedida para su personal.

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Pero sus colaboradores dijeron que Pence no quería convertirse en némesis a largo plazo de un presidente vengativo así que el lunes ya estaba de regreso en el Ala Oeste.

A diferencia de Trump, Pence planea acudir a la toma de mando de Biden y luego espera dividir el tiempo entre Washington e Indiana, tal vez lance un comité de liderazgo político, escriba un libro o haga campaña por republicanos que postulan al Congreso.

Pero sin importar lo que pase después, siempre será recordado por un momento. “Somos muy afortunados de que el vicepresidente no sea un fanático”, dijo Joe Grogan, quien hasta el año pasado fue consejero de política nacional para Trump. “De muchas maneras, creo que reivindica la decisión de Pence de haberse quedado hasta ahora”.

Peter Baker es el corresponsal principal de la Casa Blanca y ha cubierto las gestiones de los últimos cuatro presidentes para el Times y The Washington Post. También es autor de seis libros, el más reciente de ellos se titula The Man Who Ran Washington: The Life and Times of James A. Baker III@peterbakernyt • Facebook

Maggie Haberman es corresponsal de la Casa Blanca. Se unió al Times en 2015 como corresponsal de campaña y fue parte del equipo que ganó un premio Pulitzer en 2018 por informar sobre los asesores del presidente Trump y sus conexiones con Rusia. @maggieNYT

Annie Karni es corresponsal de la Casa Blanca. Anteriormente cubrió la Casa Blanca y la campaña presidencial de 2016 de Hillary Clinton para Politico, y cubrió noticias locales y política en Nueva York para el New York Post y el

domingo, 13 de marzo de 2022

LA CRISIS DE UCRANIA No TIENE QUE VER CON UCRANIA SINO CON ALEMANIA

 Una cortesia del blog Educativo de Noticias del Lic. Enildo Rodriguez,  MBA PhD P

Una noticia de Fuentes externas

Tomado de una publicacion de Revelion

*Interesante análisis geopolítico sobre la causa de la guerra*. 


La crisis de Ucrania no tiene que ver con Ucrania, sino con Alemania. 


Por Mike Whitney


 *Fecha: 16 febrero, 2022** 

Autor/a: Humanidad en Red


“El interés primordial de Estados Unidos., por el que hemos luchado en guerras durante un siglo (la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y la Guerra Fría), han sido las relaciones entre Alemania y Rusia, porque unidos son la única fuerza que nos puede suponer una amenaza. Y para asegurarnos de que eso no ocurre”, George Friedman, presidente de Stratfor, en el Chicago Council on Foreign Affairs (Consejo de Chicago para Asuntos Mundiales).


La crisis de Ucrania no tiene nada que ver con Ucrania, sino con Alemania y, en particular, con un oleoducto que une Alemania con Rusia llamado Nord Stream 2. Washington lo considera una amenaza a su primacía en Europa y ha tratado continuamente de sabotear el proyecto. Con todo, el Nord Stream ha seguido adelante y ahora está totalmente operativo y listo para funcionar.


En cuando las instituciones alemanas concedan la certificación final empezará el suministro de gas. Los propietarios de viviendas y las empresas alemanas tendrán de una fuente fiable de energía limpia y barata, mientras que Rusia verá aumentar considerablemente sus ingresos provenientes del gas. Es una situación en que ambas partes salen beneficiadas.


Los altos cargos de la política exterior estadounidense no está contentos con esta situación. No quieren que Alemania dependa más del gas ruso porque el comercio genera confianza y la confianza lleva a expandir el comercio. A medida que las relaciones se vuelven más cálidas, se levantan más barreras aduaneras, se flexibilizan las regulaciones, aumentan los viajes y el turismo y se crea una nueva estructura de seguridad. En un mundo en el que Alemania y Rusia son amigos y socios comerciales no hay necesidad de bases militares estadounidenses, no se necesitan caros armamentos y sistemas de misiles fabricados en Estados Unidos ni tampoco se necesita la OTAN.


Tampoco hay necesidad de negociar en dólares estadounidenses un acuerdo de energía ni de acumular títulos del Tesoro de Estados Unidos para equilibrar las cuentas. Las transacciones entre socios comerciales se pueden llevar a cabo en las propias divisas, lo que provocará un fuerte descenso del valor del dólar y un cambio drástico en el poder económico.


Estos son los motivos por los que el Gobierno Biden se opone a Nord Stream. No es un simple oleoducto, es una ventana hacia el futuro, un futuro en el que Europa y Asia se acercan en una inmensa zona de libre comercio que aumenta su poder y prosperidad mutuos al tiempo que deja fuera a Estados Unidos. Unas relaciones más cálidas entre Alemania y Rusia señalan el fin de un orden mundial “unipolar” que Estados Unidos ha supervisado durante 75 años. Una alianza germano-rusa amenaza con precipitar el declive de la superpotencia que actualmente se acerca lentamente al abismo. Esa es la razón por la que Washington está decidido a hacer cuanto pueda para sabotear Nord Stream y mantener a Alemania dentro de su órbita. Es una cuestión de supervivencia.


Aquí es donde Ucrania entra en escena. Ucrania es el “arma elegida” por Washington para torpedear Nord Stream y abrir una brecha entre Alemania y Rusia. La estrategia está tomada de la primera página del Manual de Política Exterior de Estados Unidos bajo el epígrafe “Divide y vencerás”. Washington necesita crear la sensación de que Rusia supone una amenaza para la seguridad de Europa, ese es lo objetivo. Necesita mostrar que Putin es un agresor sediento de sangre y con un carácter muy irritable en el que no se puede confiar. Para lograrlo se ha encargado a los medios de comunicación la misión de repetir una y otra vez “Rusia planea invadir Ucrania”.


Lo que no se dice es que Rusia no ha invadido ningún país desde que disolvió la Unión Soviética, mientras que en ese mismo periodo de tiempo Estados Unidos ha invadido países o ha derrocado sus regímenes en más de 50 naciones y que Estados Unidos mantiene más de 800 bases militares en países de todo el mundo. Los medios de comunicación no informan de nada de esto, sino que ponen el foco de atención en el “malvado Putin”, que ha concentrado a unos 100.000 soldados a lo largo de la frontera ucraniana, lo que amenaza con sumir a toda Europa en otra guerra sangrienta.


Toda la histérica propaganda de guerra se crea con la intención de fabricar una crisis que se puede utilizar para aislar, criminalizar y, en última instancia, dividir Rusia en unidades más pequeñas. Sin embargo, el verdadero objetivo no es Rusia, sino Alemania.


Vean este extracto de un artículo de Michael Hudson publicado en The Unz Review: “La única manera que les queda a los diplomáticos estadounidenses de bloquear las compras europeas es incitar a Rusia a una respuesta militar y afirmar después que vengar esta respuesta es mucho más importante que cualquier interés económico puramente nacional”. Como explicó la perteneciente a la línea dura subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos, Victoria Nuland, en una rueda de prensa del Departamento de Estado el 27 de enero.


Está muy claro: el equipo de Biden quiere “incitar a Rusia a una respuesta militar” para sabotear NordStream, lo que implica que habrá algún tipo de provocación destinada a inducir a Putin a enviar sus tropas a través de la frontera para defender a las personas de origen étnico ruso en la parte oriental del país. Si Putin cae en la trampa, la respuesta será rápida y contundente. Los medios de comunicación vilipendiarán la acción como una amenaza para toda Europa, mientras que los líderes de todo el mundo denunciarán que Putin es el “nuevo Hitler”. Esta es, en pocas palabras, la estrategia de Washington y todo ello con un objetivo en mente: conseguir que para el canciller alemán Olaf Scholz sea políticamente imposible dar el aprobado final a NordStream.


Dado que conocemos la oposición de Washington a Nord Stream, los lectores se pueden preguntar por qué a principios de año el gobierno Biden presionó al Congreso estadounidense para que NO impusiera más sanciones al proyecto. La respuesta es sencilla: la política interna. En estos momentos Alemania está desmantelando sus centrales nucleares y necesita gas natural para compensar el déficit energético.


Además, la amenaza de sanciones económicas desagrada a los alemanes, que las consideran una señal de intromisión extranjera. “¿Por qué se entromete Estados Unidos en nuestras decisiones sobre cuestiones de energía?”, se pregunta el alemán medio. “Washington se debería ocupar de sus propios asuntos y no meterse en los nuestros”: esta es precisamente la respuesta que cabría esperar de cualquier persona razonable.


Y entonces, tenemos esta cita de Al Jazeera: “La mayoría de la población alemana apoya el proyecto, solo parte de la élite y de los medios está en contra del oleoducto (…). Cuanto más habla Estados Unidos de sanciones o critica el proyecto, más popular se vuelve entre la sociedad alemana, afirmó Stefan Meister, experto en Rusia y Europa del Este del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores”.


De modo que la opinión pública respalda firmemente Nord Stream, lo que ayuda a explicar por qué Washington se ha decidido por una nueva estrategia. Las sanciones no van a funcionar, así que el Tío Sam ha pasado al Plan B: crear una amenaza exterior lo suficientemente grande como para que Alemania se vea obligada a bloquear la inauguración del oleoducto. Francamente, la estrategia huele a desesperación, pero la perseverancia de Washington es impresionante. Puede que vayan perdiendo por cinco carreras en la parte baja de la novena, pero todavía no han tirado la toalla. Van a hacer un último intento y ver si pueden avanzar.


El lunes el presidente Biden celebró su primera rueda de prensa conjunta con el canciller alemán Olaf Scholz en la Casa Blanca. El evento estuvo rodeado de un bombo sin precedentes. Se había organizado todo para fabricar un “ambiente de crisis” que Biden utilizó para presionar al canciller en dirección a la política estadounidense. A principios de esta semana la portavoz de la Casa Blanca Jen Psaki afirmó repetidamente que “era inminente una invasión rusa”.


A sus comentarios siguieron los del portavoz del Departamento de Estado, Nick Price, que afirmó que las agencias de inteligencia le habían proporcionado detalles de una supuesta operación de “falsa bandera” respaldada por Rusia que esperaban tuviera lugar en un futuro cercano al este de Ucrania. A la advertencia de Price siguió el domingo por la mañana la afirmación del asesor de seguridad nacional Jake Sullivan de que se podía producir una invasión rusa en cualquier momento, tal vez “incluso mañana”. Esto ocurría solo unos días después de que la agencia Bloomberg News publicara su titular sensacionalista y completamente falso de que “Rusia invade Ucrania”.


¿Pueden ver el modelos que se sigue aquí? ¿Pueden ver cómo se utilizaron todas estas afirmaciones sin fundamento para presionar al desprevenido canciller alemán, que parecía ajeno a la campaña que se dirigía contra él?


Como era de esperar, el golpe final lo asestó el propio presidente estadounidense. Durante la rueda de prensa, Biden afirmó rotundamente que “si Rusia invade (…) ya no habrá un Nord Stream 2. Acabaremos con él”.


Así pues, ¿Estados Unidos dicta ahora la política que debe seguir Alemania???


¡Qué arrogancia insoportable!


Al canciller alemán le sorprendieron los comentarios de Biden, que claramente no estaban en el guion original. Con todo, en ningún momento Scholz aceptó cancelar Nord Stream y se negó incluso a mencionar el gaseoducto por su nombre. Si Biden pensaba que podría forzar al líder de la tercera economía del mundo acorralándolo en un foro público, se equivocaba. Alemania sigue dispuesta a poner en marcha Nord Stream, independientemente de los posibles conflictos en la lejana Ucrania. Pero esto podría cambiar en cualquier momento.


A fin de cuentas, ¿quién sabe qué provocaciones podría estar planeando Washington en un futuro próximo?¿Quién sabe cuántas vidas están dispuestos a sacrificar abrir una brecha entre Alemania y Rusia? ¿Quién sabe qué riesgos está dispuesto a asumir Biden para ralentizar el declive de Estados Unidos y evitar que emerja un nuevo orden mundial “policéntrico”? Cualquier cosa podría ocurrir en las próximas semanas. Cualquier cosa.


Por ahora Alemania está en una posición de ventaja. Corresponde a Scholz decidir cómo solucionar el asunto. ¿Implementará la política que mejor sirva a los intereses del pueblo alemán o cederá al implacable pulso de Biden? ¿Trazará un nuevo rumbo que fortalezca nuevas alianzas en el agitado corredor euroasiático o apoyará las enloquecidas ambiciones geopolíticas de Washington?


¿Aceptará el papel fundamental de Alemania en un nuevo orden mundial en el que muchos centros de poder emergentes comparten en pie de igualdad la gobernanza global y en el que los dirigentes siguen comprometidos sin fisuras con el multilateralismo, el desarrollo pacífico y la seguridad para todos o tratará de apoyar el maltrecho sistema de la posguerra que ha superado a todas luces su vida útil?


Una cosa es segura: decida lo que decida Alemania, nos afectará a todos nosotros.


(Tomado de Rebelión)