jueves, 21 de mayo de 2026

"TAIWAN" NO ES POR TIERRAS, NI ORGULLO: EL VERDADERO MOTIVO POR EL QUE CHINA QUIERE A TAIWAN A TODA COSTA Y EL " ESCUDO DE SILICIO" QUE LO FRENA

 Ni tierras ni orgullo: el verdadero motivo por el que China quiere Taiwán a toda costa y el “escudo de silicio” que lo frena

Una publicacion de la Agencia Noticiosa As  Latino US Latinos

Historia de Mariano Tovar

Un chip junto a la bandera de Taiwán, símbolo del papel central de la isla en la producción de semiconductores avanzados de los que depende la tecnología global en plena rivalidad entre China y Occidente.© NurPhoto (NurPhoto via Getty Images)

El mundo entero camina hoy sobre un cable de acero que mide apenas tres nanómetros de grosor. Cada vez que desbloqueas el teléfono, enciendes el coche o dejas que una inteligencia artificial redacte un correo por ti, estás dependiendo de una carambola geopolítica que ocurre en una isla del Pacífico. Casi todos los chips avanzados del planeta salen del mismo sitio: Taiwán.

Durante décadas, la industria de los semiconductores se ha repartido como un puzzle global. Estados Unidos diseña, Japón y Europa aportan maquinaria y materiales, Corea del Sur se ha especializado en memorias… y Taiwán ha sido la fábrica donde se ha concentrado todo. Solo fabricar parece poco, pero es justo lo que convierte a la isla en una pieza estratégica de la economía mundial.

Fabricar chips de última generación es una alquimia tecnológica que exige décadas de experiencia, miles de proveedores hiper especializados y una precisión cercana a lo absurdo. En una planta de chips, una simple mota de polvo puede arruinar toda una producción y provocar pérdidas millonarias. Por eso los trabajadores se mueven con trajes integrales en salas tan limpias que superan la esterilización de un quirófano.

En 1987, el empresario Morris Chang, con el respaldo del gobierno de Taiwán, creó una empresa llamada Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) que se ofreció como fabricante neutral de chips para todo el mundo sin competir con nadie. Solo fabricar. Eso cambió completamente las reglas. Hasta entonces, cada empresa fabricaba sus propios chips, lo que era carísimo y muy poco eficiente. Desde entonces, sus clientes no son pequeñas compañías locales, sino los gigantes que marcan el ritmo tecnológico del planeta: Apple, Nvidia, AMD… Todos diseñan sus procesadores, pero quien se los fabrica es TSMC.

El resultado es que más del 90% de los chips más avanzados del mundo se fabrican en Taiwán.

Interior de una sala limpia de fabricación de semiconductores, donde operarios trabajan bajo condiciones extremas de control ambiental necesarias para producir los chips avanzados de los que depende la economía global.© Anadolu (Anadolu Agency via Getty Images)

Lo curioso es que Chang, además de un visionario, es de origen chino, aunque se formó en el MIT y Stanford y trabajó más de 20 años en Texas Instruments, donde no apostaron por su idea. Quizá, si nunca hubiera salido de su país de origen, el mapa de la industria de los chips sería hoy muy distinto y buena parte de esa ventaja estaría en manos de China.

Porque con el tiempo, esa concentración ha generado una paradoja. El mundo entero depende de una isla que, en términos geopolíticos, es uno de los puntos más sensibles del planeta. Pekín no solo ve la isla como un territorio propio por política e historia, sino como una pieza estratégica en la economía mundial que quiere anexionarse a toda costa.

Además, China, pese a su poder industrial gigantesco, no ha sido capaz de fabricar chips avanzados al mismo nivel que Taiwán. Ha invertido cientos de miles de millones de dólares para desarrollar su propia industria de semiconductores, con subvenciones masivas, empresas públicas y un plan explícito de autosuficiencia tecnológica. Pero sigue dependiendo de tecnología exterior. Esa dependencia ha llevado a empresas chinas a intentar atraer ingenieros taiwaneses, en algunos casos de forma irregular, para copiar el conocimiento que no pueden desarrollar, en un intento desesperado por acortar la distancia.

La situación se complica aún más por las restricciones de Estados Unidos, que ha limitado el acceso de China a tecnología clave, como las máquinas de litografía ultravioleta extrema de la empresa neerlandesa ASML.

Vista aérea de la planta de TSMC en Nanjing, China. Es una de las pocas instalaciones del gigante taiwanés fuera de la isla. Produce chips de generaciones anteriores, mientras la fabricación más avanzada permanece concentrada en Taiwán.© NurPhoto (NurPhoto via Getty Images)

Pero el problema no lo tiene solo China.

En Washington, Bruselas y Tokio han llegado a la misma conclusión: depender solo de Taiwán es arriesgado. Estados Unidos aprobó en 2022 la Ley CHIPS, un programa de decenas de miles de millones de dólares para recuperar la fabricación de semiconductores. Intel está levantando fábricas en Arizona y Ohio, con inversiones que superan los 30.000 millones de dólares. Incluso la propia TSMC está construyendo varias plantas en Arizona para fabricar chips avanzados fuera de la isla.

Pero el plan no termina de arrancar. Los proyectos de Arizona se han convertido en un calvario de retrasos y sobrecostes por un motivo muy humano: la falta de mano de obra especializada y el choque cultural. Los ingenieros taiwaneses están acostumbrados a una disciplina militar de turnos extenuantes de 12 horas; los operarios estadounidenses exigen conciliar y se niegan a vivir en la fábrica.

Europa ha intentado seguir el mismo camino, con planes de inversión de hasta 80.000 millones de euros. Pero la ejecución de proyectos clave, como los de Intel en Alemania o Polonia, se ha retrasado o cancelado antes incluso de empezar a producir, atrapados en la burocracia, los costes crecientes de la energía, dudas económicas y falta de competitividad.

Japón, por su parte, ha decidido atraer directamente al líder. TSMC ya tiene una fábrica operativa en Kumamoto produciendo chips y está levantando una segunda instalación con apoyo del Gobierno y de gigantes locales como Sony o Toyota. Pero hay un matiz importante: esas plantas producen chips de 12 a 28 nm claves para la industria de automoción, sensores o electrónica, pero aún no tienen capacidad para fabricar los de gama puntera de 3nm o menos.

Vista de las obras del complejo de semiconductores de TSMC en Phoenix, donde Estados Unidos trata de recrear capacidad industrial propia para fabricar chips avanzados fuera de Taiwán en plena carrera global por reducir la dependencia.© UCG (UCG/Universal Images Group via G)

Construir una fábrica de chips no es como abrir una planta de coches o una refinería. Cuesta entre 10.000 y 30.000 millones de dólares. Y no basta con levantar el edificio: el proceso completo, desde que se pone la primera piedra hasta que la producción funciona con normalidad, puede llevar unos diez años. Y eso, ni siquiera es lo más difícil.

El auténtico problema con el que está chocando todo el mundo es el conocimiento. Fabricar chips avanzados exige un nivel de especialización que no se aprende en ninguna universidad. Se forma durante años dentro de las propias fábricas, trabajando con maquinaria que solo unas pocas empresas en el mundo dominan.

Al final, el mundo está intentando dejar de depender de Taiwán… pero no puede hacerlo a corto plazo. Y eso convierte la situación en aún más complicada.

Si la actividad en Taiwán se interrumpiera por un conflicto, o incluso por un bloqueo, el impacto sería inmediato. La fabricación de coches se detendría, los centros de datos perderían capacidad, la producción tecnológica se ralentizaría de forma dramática en semanas.

Curiosamente, esa misma fragilidad se ha convertido también en la mejor arma defensiva de Taiwán. Y se conoce como el “escudo de silicio”. Nadie puede permitirse un conflicto abierto porque el daño sería global.

Visto todo lo anterior, se entiende por qué Taiwán es uno de los puntos más calientes del planeta. China quiere anexionársela porque, definitivamente, podría tener la tecnología del mundo a sus pies y EE. UU. está obligado a proteger la isla con uñas y dientes. Mientras, el resto del mundo observa y todos intentan construir alternativas que tardarán años en llegar.

lunes, 18 de mayo de 2026

LOS COMENTARIOS DE TRUMP SOBRE LA ECONOMIA REVELAN SU DESCONEXION DE LA REALIDAD

 


LOS COMENTARIOS DE TRUMP SOBRE LA ECONOMIA REVELAN SU DESCONEXIÓN DE LA REALIDAD

Por Erica L. Green. The New YorkTimes. 18/5/26



El presidente nunca ha pretendido ser un estadounidense de a pie, pero una reciente “verdad incómoda” lo ha expuesto a críticas de que no comprende la tensión económica de su guerra en Irán.


Con su riqueza generacional, su finca de 8 hectáreas en Mar-a-Lago, en Palm Beach, Florida, y sus lucrativos negocios familiares en todo el mundo, el presidente Donald Trump nunca ha pretendido ser un estadounidense común y corriente.

Por el contrario, ha argumentado que podría utilizar sus conocimientos empresariales para ayudar a mejorar la situación de los hombres y mujeres olvidados del país.

Pero en las últimas semanas, los estadounidenses han sentido una profunda tensión económica a causa de la guerra que Trump lanzó en Irán, y las acciones y palabras del presidente lo han expuesto a acusaciones de que no está en contacto con la vida de los estadounidenses de a pie, o que le es indiferente.

Los costos de renovación, redecoración y construcción en Washington D. C. y en la Casa Blanca se están disparando. Se lanza a frenesís de publicaciones en redes sociales que a menudo están enfocadas en sus proyectos favoritos, sus quejas y sus triunfos personales, incluida una reseña periodística de hace 22 años sobre su programa de televisión The Apprentice. Pero quizá el ejemplo más llamativo se produjo el martes, cuando le preguntaron si las dificultades económicas que los estadounidenses están sintiendo le motivarían a llegar a un acuerdo para poner fin a la guerra.

“Ni siquiera un poco”, dijo.

“No pienso en la situación económica de los estadounidenses”, continuó Trump, una confesión asombrosamente franca que se produjo después de semanas dedicadas a restar importancia al costo económico del conflicto o, simplemente, a pedir a los estadounidenses que tuvieran paciencia. Su única consideración, dijo Trump, era impedir que Irán consiguiera un arma nuclear: “Eso es todo”.

Ese mismo día, el Departamento de Trabajo informó que el mes pasado la inflación en Estados Unidos se aceleró a su ritmo más alto en tres años, y el precio de la gasolina alcanzó más de 4,50 dólares el galón.


Los demócratas aprovecharon inmediatamente el comentario, que sin duda se utilizará en anuncios de ataque durante las campañas para las elecciones intermedias, y dijeron que era una señal de la desconexión entre las prioridades del presidente y las del electorado.

“Donald Trump acaba de decir en voz alta la parte que estaba en silencio: no le importan los estadounidenses que luchan por llegar a fin de mes en su economía”, dijo en un comunicado Rosemary Boeglin, directora de comunicaciones del Comité Nacional Demócrata.


Incluso los aliados de Trump tuvieron dificultades para defender la declaración. Cuando se le preguntó esta semana al vicepresidente JD Vance si estaba de acuerdo con el presidente, dijo: “Bueno, no creo que el presidente dijera eso, creo que es una tergiversación de lo que dijo el presidente”.

Pero en una entrevista con Bret Baier, de Fox News, Trump redobló la apuesta.

“Es una declaración perfecta”, dijo. “La volvería a hacer”.

Reconoció que hay “penurias a corto plazo” asociadas a la guerra, pero dijo: “las penurias son mucho menores de lo que la gente pensaba”.

La Casa Blanca dijo que Trump estaba enfocado en defender la seguridad histórica de Estados Unidos.

“La mayor responsabilidad del presidente es la seguridad de los estadounidenses”, dijo Steven Cheung, portavoz de la Casa Blanca. “Irán no puede tener un arma nuclear y, si no se toman medidas, la tendrá, lo que supone una amenaza para todos los estadounidenses”.

Barrett Marson, estratega republicano radicado en Arizona, dijo que el comentario era una “verdad incómoda” de Trump, similar a la conocida afirmación del presidente de que podría disparar a alguien en la Quinta Avenida sin perder apoyo político. Pero, señaló, las elecciones intermedias de este año están reñidas y los republicanos corren el riesgo de perder el control total del Congreso.


“Alardeaba de su riqueza y a la gente no le importaba”, dijo Marson. “Pero ahora es algo así como: ‘Vaya, realmente no sientes nuestro dolor, estás aumentando nuestro sufrimiento y, encima, no te importa’. Eso podría acarrearle problemas políticos. Él no está en la boleta, pero esta es una papeleta importante para él”.


Trump es orgullosamente multimillonario y construyó un mensaje populista en torno a la defensa de quienes se quedan atrás. Sus partidarios y aliados llevan mucho tiempo argumentando que, en virtud de su riqueza, nunca podría ser comprado por intereses especiales.


Aun así, en su segundo mandato, Trump se ha beneficiado de la presidencia como nunca antes. Recientemente, su tercer hijo, Eric, lo acompañóa China, lo que ha suscitado interrogantes sobre los límites entre los negocios gubernamentales y los de las empresas privadas. Eric Trump dirige los negocios de la familia Trump, que a lo largo de los años ha considerado negocios con empresas chinas.

Una nueva encuesta de la CNN reveló que el 77 por ciento de los estadounidenses, incluida la mayoría de los republicanos, pensaban que las políticas de Trump habían aumentado el costo de la vida en sus comunidades.


La inflación aumentó un sorprendente 3,8 por ciento en abril. El precio promedio de la gasolina ha subido más de un 40 por ciento desde que comenzó la guerra en Irán en febrero. Y los precios de los comestibles se dispararon en abril más rápido que en ningún otro mes en casi cuatro años, y aumentó el costo de todo, desde los tomates hasta los mariscos.


James Carville, estratega demócrata desde hace tiempo que trabajó en la campaña del expresidente Bill Clinton cuando este declaró célebremente “Siento tu dolor”, dijo que la declaración de Trump, al menos, no era “complaciente”.

Pero, añadió, rompió una regla política cardinal: no confirmar una sospecha existente.

“Es lo que los abogados llaman una confesión contra interés”, dijo. “Es la mayor confesión contra interés de la historia de la presidencia”.

Los gobiernos anteriores habían adoptado una estrategia diferente para hacer frente a los elevados costos que han soportado los estadounidenses en tiempos de guerra. Aunque el presidente George W. Bush solía señalar los beneficios económicos durante sus guerras en Irak y Afganistán, a menudo expresaba empatía por las familias y las empresas que tenían que soportar los precios de la gasolina, que aumentaron a más de 4 dólares durante su mandato.

“Las palabras sobre cómo definir la economía no reflejan la ansiedad que siente el pueblo estadounidense”, dijo durante una conferencia de prensa en la Rosaleda en 2008. “A la persona promedio no le importa realmente cómo lo llamemos”.


Douglas Holtz-Eakin, quien fue economista jefe del Consejo de Asesores Económicos de Bush cuando comenzó la guerra en Afganistán y ahora es presidente del American Action Forum, dijo que la diferencia clave entre los mensajes de los dos presidentes fue una estrategia de comunicación disciplinada tanto del presidente como de su gabinete.

“La mecánica estaba dispuesta para que el presidente pensara en qué estaba metiendo a la gente”, dijo Holtz-Eakin. “Trump lo hace todo él mismo; es el principal vocero. Y no hubo un proceso de planificación de lo que podría ocurrir”.

Los miembros del gabinete de Trump también han emitido notas discordantes en ocasiones.

Este mes, Sean Duffy, secretario de Transporte, llamó la atención al protagonizar una serie en YouTube en la que promocionaba “el gran viaje estadounidense por carretera”, en un momento en que el precio promedio de la gasolina se ha disparado. Kash Patel, el asediado director del FBI, hizo una excursión VIP de snorkel en Pearl Harbor. Vance anunció, como parte de su nueva misión de supervisar un grupo de trabajo antifraude, que el gobierno examinaría y detendría algunas prestaciones públicas en un momento en que muchos estadounidenses están preocupados por su futuro financiero.

Mientras los expertos pasaban gran parte de la semana rumiando el comentario de Trump, el presidente se encontraba en China en un viaje diplomático. Durante el viaje, Trump y la Casa Blanca compartieron en las redes sociales relucientes videos de su gran bienvenida y de su aparición en un banquete en el que el menú incluyó langosta en sopa de tomate y pato asado.

Y mientras regresaba a la Casa Blanca el viernes, indicó una lección que extrajo de su viaje.

“¡China tiene un Salón de Baile, y Estados Unidos también debería tenerlo!”, escribió en Truth Social. “Está en construcción, antes de lo previsto, y será la mejor instalación de su clase en cualquier lugar de Estados Unidos”.

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Erica L. Green es corresponsal en la Casa Blanca y cubre al presidente Donald Trump y su gestión.#