jueves, 28 de abril de 2011

RECORDANDO A ORLANDO MARTINEZ CON UNA ROSA BLANCA. OTRO CAIDO EN EL CUMPLIMIENTO DEL DEBER DURANTE LOS 12 ANOS DE BALAGUER.

Una rosa blanca para Orlando a 36 años de su trágica partida.

By mediaIslaPublished: April 23, 2011
Posted in: Visiones

PILAR PUJOLS PENN

Por fin, frente a la morada final del inmolado, deposité sobre el cemento, una rosa blanca, ya un poco marchita, pese al cuidado de colocarla en un vasito plástico con agua. Pocos días después, esa flor primera, se erigió en el símbolo conocido


En la División de Radio de Publicaciones ¡Ahora!, voz femenina, una servidora, en receso de la tarea, o en llegada anticipada, cruzaba a leer la prensa a la Sala de Redacción que compartían El Nacional y la Revista ¡Ahora!. En una ocasión, y mientras hojeaba el vespertino, el presidente de la empresa, doctor Rafael Molina Morillo: “Pilar, ven a presentarte a Orlando”. Emoción y asombro, hacía tiempo lo leía con respeto cercano a lo devocional, además descubrí que no era el señor de edad a quien suponía. Desde entonces, con frecuencia lo alcanzaba a ver, en concentración total frente a la máquina de escribir, absorto en las ideas en proceso y en uso del teclado como lo haría con su instrumento, un pianista virtuoso.


Más adelante, y como ocurría con el personal de prensa y locución en nuestro país, me encontraba en otro medio, el cual resultó ser Radiotelevisión Dominicana. Un día en la Onda Comercial, 620 AM, seis años después, me ocurrió el primer hecho premonitorio de la desaparición del comunicador.

El control de turno, casi siempre fijo en la tarde, y con quien acostumbraba comentar la columna “Microscopio”: “Comadre… venga a ver lo que escribió Orlando. No preciso si fue en la misma fecha de la publicación, lunes 25 de febrero de 1975.

En la medida en que avanzaba en la lectura, aumentaba el sobresalto, y al llegar al colofón, el cual advertí lapidario, con temblor interno: “… (mencioné por su nombre al control): pero a Orlando lo van a matar…! ¡No, no… él no puede quedarse en el país… tiene que irse, pero ya! Levanté el teléfono para llamarle a El Nacional, cuyo número conservaba en la memoria desde cuando trabajaba en ¡Ahora! Al instante me arrepentí y expresé que lo haría después, pues él estaría en la playa —pensé—.

Era Cuaresma, el sol en esplendor, pero qué sabía yo si a él le gustaba o no el mar. La mente con sus mecanismos para atenuar la angustia se manifestó. Quedé inquieta, mas no recuerdo el destino de la llamada pendiente.


Ante la crónica de una muerte anunciada, regresan los recuerdos: La admiración al conocerle en persona. ¡Tan joven! —exclamé una noche a la salida de una clase de la última tanda en la Universidad, coincidente de ambos, junto al profesor y al grupo; observé que miraba para todos lados, en alerta previsora, y mi pensamiento—: Quien le haga un daño a este muchacho, no tiene perdón de Dios.

(El día fatal,17 de marzo de 1975, la sensación de angustia súbita e inexplicable, en la proyección de la película Sardoz,Cine UASD, y mi necesidad irracional de salir de allí a caminar por el lateral del campus, boscoso y oscuro de la Avenida José Contreras —hora y lugar exactos del crimen, misterio entonces—; riesgo innecesario que decidí cambiar por incontables vueltas a la manzana, en cruce por los frentes de las Facultades de Ingeniería-Arquitectura y de Humanidades, hasta cansarme y calmarme antes de regresar a ver el desenlace del film, el cual, aunque con esperanza, no ofrecía un aliciente a mi extraño estado de ánimo afectado.



Esa noche, seguí el curso de la agenda al desplazarme al Restaurant Lucky Seven, en Gazcue. En plena reunión de la Asociación de Locutoras Dominicanas (ALDA), el locutor Vetilio Suncar pidió permiso para anunciar sobre la emboscada y muerte de Orlando, cuyo cadáver en la morgue del antiguo Hospital Dr. Marión, sería trasladado para su velatorio a la Funeraria Blandino de la Avenida Abraham Lincoln.

Inimaginable lo que sentí, agolpados los pensamientos en torno a quien sin ser amigo personal, ni alguien de mi interés sentimental, admiré y aprecié, simplemente por su valía humana y profesional, por su madurez, dedicación, personalidad firme, carisma, silencio, sonrisa; rostro apacible, convicción en sus ideales, cualidades que resaltaban como si hubiesen presentido las horas, contadas hasta los treinta y medio.


En compañía de una colega, me trasladé desde la Avenida Pasteur hasta la Blandino. Increíble, en medio de la iluminación total del salón, y más resplandeciente aún el protagonista en su último acto, la sombra que abatía el alma de los congregados allí. Desconcierto, desamparo, frustración, impotencia, rabia, dolor, eran sentimientos amargos que, cual hilo invisible, unía a todos.

El hecho no obstante presentido, no parecía cierto. Me acerqué muchas veces a quien, hacía apenas horas, se desenvolvía de manera cotidiana, y ya no estaba. No me cansaba de mirar lo que parecía un lunar en la mejilla (la marca de la bala calibre nueve milímetros, la cual, aseguran, segó su vida).

Un punto, se veía, y por su efecto, se había escapado todo lo que había sido Orlando, desde el momento de su concepción hasta ese otro inconcebible. Acompañé toda la noche y la mañana siguiente en la capilla ardiente, no sólo al ser humano fulminado de manera pírrica, sino además a lo que él representaba para el futuro de nuestra nación, como joven preparado y consciente. No asistí al camposanto.



Pasó el tiempo, no sé cuánto. Como en fugaz visión sentí la necesidad de llevar una ofrenda a la memoria de Orlando Martínez; a mi entender, representación de lo que él fue, una vida en flor, arrancada sin piedad, por su intención pura hacia los intereses que consideraba eran los mejores para su pueblo.

Resultó difícil el trayecto hacia y en el Cementerio Cristo Redentor de la época. La vía de transporte, más de una, culminó en un destartalado mediano minibús, que parecía desafiar al inclemente sol, en su apogeo esa mañana… Por fin, frente a la morada final del inmolado, deposité sobre el cemento, una rosa blanca, ya un poco marchita, pese al cuidado de colocarla en un vasito plástico con agua.

Pocos días después, esa flor primera, se erigió en el símbolo conocido, el monumento a Orlando Martinez Howley, en el lugar donde al terminar, él se hizo comienzo.
PILAR PUJOLS PENN, locutora, educadora dominicana.-

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