domingo, 11 de octubre de 2026

 


Roberto Goizueta nació en La Habana en 1931, en una familia con dinero. Estudió ingeniería química en la Universidad de Yale y empezó a trabajar para Coca-Cola en Cuba. Tenía una vida cómoda y un futuro seguro.


Entonces llegó la revolución. En 1960, el gobierno cubano comenzó a tomar empresas y propiedades. Roberto entendió que su familia no tenía futuro en la isla y tomó la decisión más difícil de su vida: irse.


Salió de Cuba con su esposa y sus tres hijos. Llegó a Miami, Florida, con unos 40 dólares y 100 acciones de Coca-Cola. Eso fue todo lo que pudo sacar. Su casa, su dinero y su país se quedaron atrás.


Pero había algo que nadie le podía quitar: su preparación y su disciplina. Coca-Cola lo envió a trabajar a su sede en Atlanta, Georgia. Era un inmigrante cubano en una gigantesca empresa del sur de Estados Unidos, y aun así empezó a subir peldaño por peldaño.


En 1981 pasó lo impensable. Un exiliado cubano fue nombrado presidente y director ejecutivo de Coca-Cola. Tenía solo 49 años.


Y no llegó para cuidar lo que ya existía. En 1982 lanzó Coca-Cola Light, que se convirtió en uno de los refrescos más vendidos del planeta. Apostó por crecer en el mundo entero y por hacer que cada dólar de la empresa trabajara para los accionistas.


También cometió un error enorme. En 1985 sacó la "New Coke" y los consumidores se rebelaron. Muchos dijeron que ese sería su final. Pero en pocos meses volvió la fórmula original con el nombre de Coca-Cola Classic. Admitió el error, corrigió rápido y la marca salió más fuerte.


El resultado habla solo. Bajo su mando, el valor de mercado de Coca-Cola pasó de unos 4 mil millones de dólares a más de 150 mil millones. Muchos empleados que tenían acciones de la empresa vieron crecer su patrimonio junto con ella.


Goizueta murió en 1997, pero su historia sigue siendo una de las más poderosas del mundo de los negocios. Lo perdió casi todo, empezó de nuevo en un país nuevo y terminó dirigiendo una de las marcas más famosas de la Tierra.


La lección es clara: puedes perder tu país, tu casa y tu dinero, pero si conservas tu mente, tu disciplina y tu visión, todavía puedes llegar a la cima.


Y tú, ¿qué harías con 100 acciones y una segunda oportunidad?


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