domingo, 18 de octubre de 2026

ARABIA SAUDITA PAGA EL PRECIO DE APOSTAR POR WASHINGTON E ISRAEL

 


Arabia Saudita paga el precio de apostar por Washington e Israel.


La crisis que vive Arabia Saudita no nació de un mal año petrolero ni de un error aislado de planificación. Es el resultado de una apuesta estratégica muy costosa: Riad buscó acercarse a Estados Unidos e Israel para garantizar su seguridad, contener a Irán y consolidar su proyecto de modernización. Pero esa alianza la colocó en el centro de un conflicto regional que ahora golpea su economía, su imagen y sus planes de futuro.


Durante años, el reino intentó combinar tres objetivos: mantener su relación privilegiada con Washington, avanzar hacia una eventual normalización con Israel y reducir la influencia iraní en la región. Riad buscaba garantías militares estadounidenses, tecnología nuclear y cooperación en seguridad. Sin embargo, ese acercamiento fue interpretado por Irán y sus aliados como una amenaza directa.


La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán convirtió esa tensión en un problema concreto. Cuando Washington e Israel atacaron Irán en febrero de 2026, Teherán respondió con misiles y drones contra Arabia Saudita y otros países del Golfo, además de dificultar el tráfico de petroleros en el estrecho de Ormuz. Arabia Saudita, aliada de Estados Unidos, quedó atrapada en una guerra que no controlaba, pero cuyas consecuencias debía pagar.


Los hutíes de Yemen, respaldados por Irán, intensificaron sus ataques contra el reino. Golpearon aeropuertos, instalaciones petroleras, barcos y rutas marítimas. En julio declararon un bloqueo contra Arabia Saudita y amenazaron con atacar embarcaciones vinculadas al país. El resultado fue una caída drástica de las exportaciones sauditas hacia Asia y una interrupción del comercio en el mar Rojo.


El ataque contra el aeropuerto internacional Rey Jalid, en Riad, dejó al menos trece muertos y más de trescientos heridos. Más allá del dolor humano, el mensaje fue claro: ni la capital ni las infraestructuras más sensibles del país están fuera del alcance del conflicto. Esa vulnerabilidad afecta directamente la confianza de turistas, empresas e inversionistas.


La paradoja es que Arabia Saudita había pedido más protección a Washington, pero no recibió el compromiso militar que esperaba. El presidente Donald Trump no se comprometió a intervenir directamente en su defensa, pese a que Riad solicitó apoyo. Esto dejó al reino obligado a gastar más en misiles, defensas aéreas e inteligencia, mientras sus socios occidentales no ofrecen una protección plena.


La cooperación con Israel también tiene límites. Aunque existen contactos de inteligencia y una coincidencia estratégica frente a Irán, la normalización plena sigue bloqueada por la cuestión palestina. Riad no puede ignorar la opinión pública árabe ni presentar a Israel como un aliado mientras la guerra se extiende y aumentan las víctimas.


El costo económico ya es visible. El Gobierno proyecta una caída del PIB de 3,6 por ciento en 2026, mientras la actividad petrolera se contrae con fuerza. El déficit crece, los fletes se encarecen y los megaproyectos de la Visión 2030 pierden ritmo. La diversificación económica necesita paz, inversiones y rutas comerciales seguras; la guerra destruye justo esas condiciones.


Arabia Saudita quiso comprar seguridad mediante su alianza con Washington e Israel. Hoy descubre que esa seguridad tiene un precio alto y que no está garantizada. Su peor crisis no es solamente militar: es la constatación de que haberse acercado demasiado a la estrategia estadounidense e israelí la dejó expuesta a las represalias de Irán y sus aliados, sin recibir a cambio la protección que esperaba.


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