domingo, 25 de octubre de 2026

EE.UU: COMO SE DESCOLONIZARON LOS TERRITORIOS OCUPADOS POR INDIOS DE NORTEAMERICA QUE HABITABAN EN LAS CONQUISTAS DE LOS REINADOS EUROPEOS EN EL NUEVO CONTINENTE DESCUBIERTOS POR EL VIEJO

 Una cortesia del blog educativo de noticias del 

   


    Lic Enildo E Rodriguez Nunez MBA PhDP 

Asesor Educativo Consultor de Marketing Politico



Se tiene la mala costumbre de pensar que la historia de los Estados Unidos comienza con un estallido de libertad, cuando en realidad nace de una serie de invasiones. Si revisamos los anaqueles de la memoria el génesis es, por decir lo menos, de terror. 


En 1776, las Trece Colonias decidieron romper con Inglaterra y, en el gesto fundacional de su independencia, inventaron un país que pronto se llamaría Estados Unidos de América. 

Un territorio que, en sus albores, se extendía como un mapa aún húmedo de tinta: desde las brumas de Maine hasta los calores de Georgia, abrazando la costa atlántica y empujando sus fronteras hacia los Apalaches, con la ambición de ir siempre más allá.


Diez años después, en 1786, los primeros estadounidenses desembarcaron en Hawái con la cordialidad de quien llega como invitado. La paz inicial fue apenas un preludio: muy pronto, las manos que estrechaban se transformaron en las mismas que controlaban las plantaciones de azúcar, dulcificando el negocio con la retórica del progreso mientras amargaban la vida de quienes quedaban sometidos a esa nueva economía colonial.


En 1803, el presidente Thomas Jefferson —ese hombre que soñaba con un imperio de agricultores libres y terminó inaugurando la era de las adquisiciones masivas— envió a James Monroe, futuro autor de la célebre Doctrina Monroe, resumida en la consigna «América para los americanos», a París. 

Su misión era unirse al ministro estadounidense en Francia, Robert R. Livingston, con un objetivo tan pragmático como ambicioso: comprar Nueva Orleans y garantizar el acceso al río Misisipi, arteria vital para el comercio y metáfora líquida del poder en expansión.


Luisiana —cuyo territorio abarcaba los actuales estados de Montana, Wyoming, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Minnesota, Iowa (parte occidental), Wisconsin, Illinois, la mitad de Colorado, Nebraska, Kansas, Missouri, Oklahoma, Arkansas, un tramo de Nuevo México, el norte de Texas y Louisiana—, estaba entonces en manos de Francia, después de que España lo transfiriera a Napoleón Bonaparte en 1800. 

Pero el emperador, ocupado en financiar sus guerras, sofocar la rebelión de Haití y prepararse para un posible enfrentamiento con Gran Bretaña, descubría que Luisiana era más carga que tesoro: difícil de defender, imposible de administrar.


En un gesto tan inesperado como calculado, Napoleón ofreció vender no solo Nueva Orleans, sino todo el territorio de Luisiana. Jefferson aceptó con la rapidez de quien sabe que la historia rara vez repite sus gangas. 

El acuerdo se cerró en 15 millones de dólares: apenas 4 centavos por acre, una de las compras territoriales más baratas —y más decisivas— de la historia. Un negocio que convirtió a la joven república en un gigante en ciernes y a Napoleón en el vendedor más pragmático del continente.

Sólo que había un detalle; esas tierras tenían dueños, naciones que llevaban más de mil años viviendo ahí: Sioux, Ojibwe (Anishinaabe), Ottawa, Potawatomi, Menominee, Ho-Chunk, Sauk, Meskwaki, Illiniwek, Miami, Kickapoo, Quapaw, Osage, Caddo, Wichita, Pawnee, Omaha, Ponca, Kaw, Arikara, Mandan, Hidatsa, Crow, Cheyenne, Arapaho, Niitsitapi, Shoshone, Ute, Nez Perce, Comanche, Kiowa, Apache, Navajo (Diné), Chickasaw, Choctaw, Natchez, Tunica. 


Cada una de estas naciones estaba formada por muchas tribus.

En vez de «conquistar» estas naciones a sangre y fuego, como lo hicieron españoles e ingleses en sus respectivas temporadas de gloria imperial, el nuevo país que ondeaba la bandera de las libertades optó por un verbo más elegante y menos sangriento: «negociar». Sí, negociar, con la misma sonrisa diplomática y la misma voracidad intacta que aún hoy se exhibe en los foros internacionales.


El método era sencillo y casi infantil en su retórica: «Me das tu oro, tu agua, tus tierras… y yo te premio con una estrellita (de niño bien portado) en mi bandera». Un trueque disfrazado de civilidad, un contrato firmado con tinta invisible donde la balanza siempre se inclinaba hacia el lado del comprador. 

Así, la violencia se maquillaba de cortesía, y la conquista se transformaba en un intercambio que, bajo el disfraz de la libertad, perpetuaba la misma lógica de dominio.


Por supuesto, estas naciones no estaban dispuestas a abandonar sus tierras, ni a venderlas, ni a intercambiarlas por nada. La dignidad no se negocia. Cuando la nación Lenape, en lo que hoy es Ohio, se negó a vender su territorio, el ejército estadounidense los invadió tres veces, hasta arrancarles lo que defendían con uñas, memoria y sangre. 

La historia se repitió con la nación Semvnole, en la actual Florida, donde la resistencia fue respondida con la misma maquinaria bélica.


La nación Mvskoke, situada en los actuales estados de Alabama y Georgia, decidió no correr la suerte de sus vecinos y firmó un tratado que, bajo la apariencia de legalidad, les arrebató más de la mitad de su territorio. 

Años después, el ejército estadounidense regresó para invadir lo que quedaba y los obligó a abandonar sus tierras, demostrando que los acuerdos eran apenas promesas escritas en arena.


Las naciones Sioux y Arapaho, en cambio, defendieron su territorio con fiereza y lograron derrotar al ejército estadounidense. Pero la victoria fue efímera: Estados Unidos ofreció otro tratado, y otra vez lo rompió cuando descubrió minas de oro en lo que hoy conocemos como Colorado, Montana, Dakota del Sur y Wyoming.

 El oro brillaba más que la palabra empeñada, y la codicia se impuso sobre cualquier pacto.


En el siglo que siguió, Estados Unidos libró alrededor de 40 guerras contra naciones y tribus indígenas y protagonizó más de 2 500 enfrentamientos, todos coronados con la firma de más de 360 tratados que, como suele ocurrir en la historia escrita por los vencedores, concluyeron en exterminio y en el aislamiento de los sobrevivientes.


Fue entonces cuando el presidente Andrew Jackson, en nombre de la justicia y la libertad —palabras que en su boca se transformaban en eufemismos de despojo— impulsó el Indian Removal Act, una ley federal aprobada en 1830 que autorizaba al gobierno a expulsar por la fuerza a las naciones indígenas del sureste del país. 

El destino impuesto: los territorios al oeste del río Misisipi, lo que hoy conocemos como Oklahoma, rebautizados con el nombre de Indian Territory.


Pero la ironía histórica no se detuvo ahí: años más tarde, también de ese territorio fueron expulsados, confirmando que la promesa de libertad era apenas un espejismo y que la palabra «tratado» equivalía a un contrato firmado con tinta invisible, siempre dispuesto a ser borrado cuando la ambición lo exigiera.

Pero todo el territorio robado no les bastaba. El 25 de abril de 1846, Estados Unidos emprendió una guerra contra su vecino del sur: México. ¿Y cómo terminó aquella invasión? Con otro tratado, por supuesto. El Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado en 1848, mediante el cual México perdió aproximadamente la mitad de su territorio. La libertad, en este caso, se medía en kilómetros cuadrados y se rubricaba con tinta extranjera.


¿Se acuerdan de Hawái? En 1893, un grupo de empresarios y colonos estadounidenses, respaldados por el ministro de Estados Unidos en la isla y por marines que desembarcaron sin declaración de guerra, obligaron a la reina Liliʻuokalani a abdicar. 

Se proclamó entonces una república controlada por los golpistas. Y, según la historia oficial, Hawái «pidió» su anexión a Estados Unidos en 1898, mediante una resolución del Congreso. Mira nada más. Ya se habían cansado de los tratados: la anexión disfrazada de petición era más práctica y menos engorrosa.


Ese mismo año, 1898, Estados Unidos se apropió de Puerto Rico durante la Guerra Hispano-Estadounidense. España fue derrotada y, fiel a la costumbre, firmó otro tratado: el Tratado de París. Desde entonces, Puerto Rico quedó como territorio no incorporado de Estados Unidos, porque la palabra «colonia» resulta incómoda para los presidentes que se autoproclaman guardianes de las libertades.

En el mismo Tratado de París, España cedió Filipinas a Estados Unidos. Sin consulta, sin plebiscito, sin siquiera preguntar a la población filipina. Pero los filipinos, que ya habían declarado su independencia, se levantaron contra el nuevo ocupante. La respuesta estadounidense fue una guerra brutal, con cientos de miles de muertos, muchos de ellos civiles, prueba de que la libertad podía llegar envuelta en metralla.


Mientras tanto, Estados Unidos necesitaba transportar mercancías del Pacífico al Atlántico. «¿Dónde? ¿Dónde?», se preguntaban. Y la respuesta parecía obvia: en Colombia había un terrenito estrecho, perfecto para un canal. «¿Querrán?» «No se pierde nada con preguntar.» Colombia rechazó el tratado. «¿Cómo se atreven?», replicó el país de las libertades. Y, casualmente, los habitantes de la zona decidieron separarse de Colombia. Con apoyo militar estadounidense, Panamá se declaró independiente en noviembre de 1903.


Ese mismo año apareció mister Tratado: el Hay–Bunau-Varilla, firmado por un ingeniero y empresario francés, exdirectivo de la compañía del canal, que no era panameño y que rubricó en nombre de Panamá sin autorización popular ni presencia del gobierno panameño. 

El acuerdo entregó a Estados Unidos el control perpetuo de la Zona del Canal. Entre 1904 y 1914, los estadounidenses construyeron el canal y lo gobernaron como territorio propio de facto.


Hagamos un paréntesis: en 1954, la CIA orquestó y ejecutó la Operación PBSuccess, un golpe de Estado en Guatemala que derrocó al presidente democráticamente electo, Jacobo Árbenz Guzmán, porque se atrevió a impulsar reformas sociales que desafiaban el monopolio de la todopoderosa United Fruit Company (UFCO), bautizada popularmente como «El Pulpo» por sus tentáculos que se extendían con sus infames prácticas laborales explotadoras en países como Guatemala, Honduras, Costa Rica y Colombia. 

Los trabajadores recibían sueldos miserables, a menudo no más de 50 centavos al día, en forma de vales canjeables únicamente en las tiendas de la compañía. Algo le aprendieron al porfiriato. Las jornadas eran de sol a sol, sin pago de horas extra. Los obreros estaban expuestos a pesticidas, serpientes venenosas, mosquitos portadores de enfermedades, el calor excesivo, la humedad extrema de las plantaciones y un alto riesgo de accidentes sin compensación. La vivienda era precaria: dormitorios insalubres, higiene deficiente y atención médica insuficiente. 


El gobierno de Dwight D. Eisenhower vio en estas reformas un peligro rojo, exagerando la influencia de asesores izquierdistas en el gabinete de Árbenz. En realidad, los documentos desclasificados revelan que el verdadero temor era el «mal ejemplo» que un país latinoamericano se atreviera a realizar reformas independientes sin pedir permiso a Washington. Las consecuencias fueron devastadoras. 


Regresemos con los panameños que nunca aceptaron el tratado: lo consideraban una imposición ilegítima y colonial. Las protestas desembocaron en enfrentamientos con tropas estadounidenses que dejaron decenas de muertos en enero de 1964. Panamá llevó el caso a la ONU y a foros internacionales, donde Estados Unidos empezó a ser visto como potencia colonial anacrónica en plena Guerra Fría, dañando la imagen del país de las libertades.

El general Omar Torrijos convirtió el canal en causa nacional y regional, logrando apoyo de países no alineados y latinoamericanos. Finalmente, el presidente Jimmy Carter reconoció que el control perpetuo del canal era insostenible política y moralmente. En 1999, Panamá recuperó el control total del canal.

Pero en 2018, los «malvados y malagradecidos» panameños —según la narrativa del tío Sam— iniciaron relaciones diplomáticas con la República Popular China. Entonces, Donald Trump aseguró, sin pruebas, que China controlaba el Canal de Panamá y que aquello era inaceptable para Estados Unidos.


Hoy, el canal de Panamá está nuevamente bajo control estadounidense.

sábado, 24 de octubre de 2026

MAS ALLA DEL DIA QUE TE MUERES.? LA PREGUNTA MAS CAPCIOSA SERIA PUEDE LA CONCIENCIA SOBREVIVIR A LA MUERTE?

 La muerte no existe, dice la ciencia  que la materia solo se transforma"

Una publicacion cortesia del blog educativo de noticias del Lic Enildo E Rodriguez Nunez MBA PhDP 


 ¿LA CONCIENCIA SOBREVIVE A LA MUERTE? 🧠



Roger Penrose  sostiene desde la física pura que la conciencia no termina cuando el cuerpo se detiene, porque la información que la compone no se destruye. Y quien lo dice ganó el Nobel de Física en 2020 por demostrar que los agujeros negros son una consecuencia inevitable de la relatividad general, además de haber trabajado durante años junto a Stephen Hawking.


Su idea, desarrollada junto al médico Stuart Hameroff, es que la conciencia no se fabrica solo con conexiones eléctricas entre neuronas, sino en estructuras mucho más pequeñas que hay dentro de ellas, donde entran en juego las leyes de lo diminuto, las que rigen el mundo de las partículas. Y ahí está la clave: esa información no puede borrarse. Cuando el cuerpo deja de funcionar, no se apaga como una bombilla; se libera y queda en el universo.


Lo notable es que esa conclusión no contradice nada de lo que la física ya tiene establecido. La energía y la información no desaparecen: cambian de forma. Ese es uno de los principios más sólidos que existen, comprobado una y otra vez durante más de un siglo. Nada de lo que existe se convierte en nada.


Penrose simplemente lleva ese principio hasta donde casi nadie se atreve a llevarlo: hasta nosotros. Si ni un átomo se pierde, cuesta mucho sostener que una vida entera, con todo lo que pensó, amó y construyó, se borre de golpe.


Y quizá por eso tanta gente intuye exactamente lo mismo sin haber estudiado física. Cuando pierden a alguien, sienten que de alguna manera sigue estando. Resulta que esa intuición tan antigua tiene hoy a uno de los científicos más brillantes del mundo defendiéndola desde las matemáticas.


#RogerPenrose #ConcienciaHumana #FísicaCuántica #MisteriosDeLaVida #VidaDespuésDeLaMuerte

LA FAMILIA BUSH,REPUBLICANOS DESDE QUE NACIERON, LE NIEGAN EL VOTO A TRUMP EN TEXAS, PIDE EL HERMANO DE GEORGE BUSH QUE VOTEN POR LOS DEMOCRATAS

 


#ULTIMAHORA ❌🇺🇸👉 ¡DURO MENSAJE DESDE LA FAMILIA BUSH! NEIL BUSH REVELA QUE VOTÓ POR EL DEMÓCRATA JAMES TALARICO EN TEXAS.


"


Nunca he publicado un mensaje político en Facebook porque no quería ofender a amigos cuyas opiniones pueden ser muy diferentes a las mías. Estoy rompiendo con esa tradición porque voté temprano hoy, y voté por James Talarico para el Senado de los Estados Unidos", escribió Bush, hijo del fallecido presidente George H.W. Bush, en Facebook.  "Mi voto fue motivado por dos cosas: una profunda preocupación por el historial de Ken Paxton y una genuina admiración por el carácter y los principios que veo en James Talarico", continuó.  


"He estado profundamente perturbado por la conducta de Paxton como Fiscal General de Texas, particularmente su decisión de impugnar los resultados de las elecciones presidenciales de 2020 en otros estados en un esfuerzo por ayudar a Donald Trump a permanecer en el poder. 

Creo que ese esfuerzo fue un ultraje a nuestras instituciones democráticas y a la transferencia pacífica del poder. Mis preocupaciones sobre su juicio y conducta no son solo mías. Fue destituido por la Cámara de Representantes de Texas controlada por los republicanos, aunque posteriormente absuelto por el Senado de Texas."  


"De manera más amplia, creo que Donald Trump y aquellos que lo han habilitado han causado un daño enorme al Partido Republicano. Me preocupa una cultura política en la que la lealtad a un individuo toma precedencia sobre la lealtad al principio, y donde aquellos que detentan el poder comienzan a creer que ya no son responsables."  


"Pero mi voto de hoy fue sobre mucho más que la oposición a Ken Paxton."  


"Nunca he conocido a James Talarico, pero he estado enormemente impresionado por la forma en que aborda temas complicados y controvertidos. Habla con respeto, busca puntos en común y parece genuinamente interesado en unir a las personas en lugar de separarlas. Su fe parece ser una fuente profundamente arraigada de humildad, compasión y convicción, en lugar de un arma política."  Veo en él las cualidades que más admiro en los servidores públicos: integridad, cortesía, humildad y una disposición para escuchar a aquellos con quienes discrepa. Mi impresión es que es un líder con principios, pragmático, que entiende que el cargo público es una responsabilidad para servir, no un derecho a detentar poder."  


"He sido republicano durante la mayor parte de mi vida, y todavía creo profundamente en muchos principios republicanos tradicionales. Pero el carácter importa más que la afiliación partidaria. Nuestra democracia depende de líderes que respeten nuestras instituciones, digan la verdad, acepten responsabilidad y busquen unir en lugar de dividir."

ING MIGUEL VARGAS MALDONADO PRESIDENTE DEL PRD Y VICE PRESIDENTE DE LA IS VISITA AL PERIODISTA PERSIO MALDONADO EN SOLIDARIDAD LE DA EL PESAME COMO PRESIDENTE DE LA INTERNATIONAL SOCIALISTA PARA AMERICA LATINA Y LOS PERREDEISTAS, POR LA PERDIDA DE SU ESPOSA

      COORDINACION INTERNACIONAL DE COMUNICACIONES DEL PRD - LAS SECCIONALES                                  DEL EXTERIOR 



El presidente y líder del @PRD Ing. @Miguelvargasm, acompaña a don Persio Maldonado y a su familia, durante el velatorio de doña Cosette Bonnelly.



Vargas Maldonado, expresó toda su solidaridad para Don Persio Maldonado ante la pérdida de su querida esposa, al tiempo de pedir paz eterna para el alma dedoña Cosette. 🙏.



#Cañóntaveras

CHE GUEVARA EN LA ONU 1964,LE GRITARON" COMUNISTA, TERRORISTA", 5 MINUTOS QUE HICIERON HISTORIA

 


Una publicacion cortesia del Blog Educativo de Noticias del Lic.Enildo Rodriguez Nunez, MBA, PhDP


CHE GUEVARA en ONU Cuando USA Gritó “¡Terrorista Comunista!” — 5 Minutos Que Hicieron Historia…


El frío de Manhattan en diciembre tiene una forma especial de meterse en los huesos. Ese 11 de diciembre de 1964, a las 13:47, el cielo estaba gris y bajo, como si también cargara tensión. Afuera, el edificio de las Naciones Unidas se alzaba como una lanza de cristal y acero contra el río: un monumento moderno a la esperanza de paz. Pero adentro, en el gran salón de la Asamblea General, no se respiraba esperanza. Se respiraba Guerra Fría.


Era una de esas tardes en las que el mundo parecía un tablero de ajedrez gigante, y cada palabra podía convertirse en un movimiento irreversible. Dos años antes, la crisis de los misiles en Cuba había dejado al planeta al borde del abismo nuclear. Las heridas seguían abiertas. La desconfianza era total. Y ahí estaban, sentadas frente a frente, 193 delegaciones nacionales midiendo silencios, pesando miradas, escuchando no solo lo que se decía, sino lo que se insinuaba entre líneas.


En las gradas del público, periodistas de todos los continentes tenían las cámaras listas. No iban a cubrir un discurso diplomático rutinario; iban a presenciar un choque. Lo sabían. Cuando un hombre como Ernesto “Che” Guevara hablaba, las palabras dejaban de ser palabras y se convertían en hechos.


El Che subió al podio central con una calma que no era calma: era control. Tenía 36 años, pero su presencia llenaba el salón como si tuviera cien. Llevaba su uniforme verde oliva, impecablemente planchado para la ocasión. La barba, recortada con precisión. La boina con la estrella, perfecta sobre el cabello. Y lo que verdaderamente impactaba no era la estética militar: era su mirada, intensa, desafiante, cargada de una convicción que parecía capaz de mover montañas.


Caminó hacia el micrófono con la seguridad de alguien que había escuchado disparos muy cerca, que había visto hombres caer, que había vivido la victoria y la persecución. Cada paso resonó en el silencio del salón como si marcara el ritmo de una historia que todavía estaba escribiéndose.


Desde la delegación del bloque socialista —la Unión Soviética, China, Checoslovaquia, Polonia— lo miraban con expectativa, como quien observa a un símbolo vivo. Los países recién descolonizados de África y Asia —Argelia, Ghana, Egipto, Indonesia— veían en él una posibilidad: la idea de que un pueblo pequeño podía plantarse ante un poder gigante y sobrevivir. Pero en la delegación estadounidense la hostilidad era casi visible: rostros tensos, informes de inteligencia apretados entre manos, un gesto contenido que parecía decir “este hombre no debería estar aquí”.


Porque el Che no era solo un ministro cubano. Era la cara de una revolución que había desafiado al imperio más poderoso del mundo, y no solo había resistido: había cambiado el guion. Y eso, en el teatro de la Guerra Fría, era una provocación permanente.


Se detuvo frente al micrófono, miró lentamente alrededor del salón y comenzó.


Su voz, amplificada por el sistema de sonido, llegó clara y potente a cada rincón. Tenía el acento inconfundible de Argentina, pero también la cadencia de alguien que aprendió a convertir cada frase en una herramienta.


—Señor presidente, distinguidos delegados de las naciones del mundo… vengo aquí en nombre del pueblo de Cuba, una pequeña nación que ha tenido el valor de defender su derecho a la independencia y la soberanía contra el imperio más poderoso que ha conocido la historia de la humanidad.


Los traductores simultáneos trabajaban febrilmente para transformar su español en inglés, francés, ruso, árabe, chino. Pero incluso quienes no entendían una sola palabra sentían la tensión y la pasión. Había algo en ese tono —orgullo contenido, indignación exacta— que atravesaba cualquier idioma.


El Che fue directo al corazón del tema: recordó que hacía apenas unos años Cuba era una semicolonia; que el azúcar, la tierra, las industrias estaban en manos de corporaciones extranjeras; que el pueblo vivía en la miseria mientras otros se enriquecían con sus recursos. En la delegación estadounidense, algunas caras se endurecieron. Cada frase era una acusación con nombre y apellido.


—El pueblo cubano dijo: “Basta”. Se levantó, recuperó su dignidad. Expulsamos a los explotadores. Redistribuimos la tierra entre quienes la trabajaban. Nacionalizamos industrias que durante décadas habían sangrado nuestra economía.


Hizo una pausa breve, como si estuviera poniendo una piedra sobre otra, construyendo una pared con paciencia.


—Y cuando tuvimos el atrevimiento de actuar como una nación soberana, el gobierno de Estados Unidos desató contra nosotros una campaña de agresión que no tiene precedentes en la historia moderna del hemisferio.


Enumeró, metódico, como quien lee una lista de heridas: el embargo económico, Bahía de Cochinos, los intentos de asesinato, el sabotaje, la presión diplomática para aislar a Cuba. Cada palabra caía en el salón como una ficha en el tablero, recordándole al mundo que la violencia no siempre tiene uniforme; a veces tiene sanciones, bloqueos y operaciones encubiertas.


Los delegados de África y Asia asentían con una comprensión que no necesitaba explicación. Ellos también conocían esa historia: cambiar de bandera no significa cambiar de dueño. Y el Che lo sabía. Por eso, cuando dijo que Cuba no invadía países lejanos ni mantenía bases militares en territorios extranjeros, no lo dijo como defensa: lo dijo como espejo.


Fue entonces cuando ocurrió lo impensable.


Desde la delegación estadounidense, una voz se levantó por encima del murmullo diplomático. Thomas Mann, subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos, se puso de pie con el rostro rojo de indignación y gritó:


—¡Usted es un terrorista comunista!


El insulto cayó como un rayo sobre el protocolo sagrado de la ONU. Se hizo un silencio instantáneo y ensordecedor. 193 delegaciones giraron la cabeza al mismo tiempo. Los periodistas se incorporaron. Las cámaras se movieron. Incluso los traductores dudaron un segundo, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para traducir una falta de respeto sin precedentes.


El mundo entero —conectado por radio y televisión— quedó suspendido esperando la reacción del Che.


Y ahí vino la primera sorpresa: no se alteró. No gritó. No abandonó el podio indignado. No devolvió el golpe con otro golpe.


Sonrió.


Una sonrisa serena, casi paternal, como la de un maestro que acaba de escuchar una pregunta ingenua de un alumno impaciente. Ese gesto, tan simple, desarmó la escena. Porque una cosa es pelear contra un hombre furioso, y otra muy distinta es quedar expuesto frente a un hombre que no pierde el control.


El Che esperó un instante. Y cuando habló, lo hizo con una calma más poderosa que cualquier grito.


—Gracias, señor representante del gobierno de Estados Unidos, por esa intervención tan ilustrativa.


Un murmullo recorrió el salón. Algunos delegados soltaron una risa suave, sorprendidos por la elegancia del sarcasmo. El Che dejó que el silencio trabajara para él, como un músico que sabe que la pausa también es parte de la melodía.


—Usted acaba de demostrar, mejor de lo que yo podría haber hecho, cuál es el problema fundamental en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina: usted no puede concebir que un latinoamericano tenga derecho a hablar como igual en este foro. No puede tolerar que un país pequeño critique las políticas de su gran nación. No puede aceptar que alguien que no se somete a los dictados de Washington tenga voz en los asuntos mundiales.


Y entonces, sin perder la calma, cambió el foco del insulto hacia una pregunta que mordía.


—Usted dice que soy un terrorista. Permítame preguntarle: ¿quién ha arrojado más bombas en la historia? ¿Quién mantiene más bases militares en territorio extranjero? ¿Quién ha derrocado más gobiernos democráticos? ¿Quién ha matado más civiles inocentes en nombre de la libertad?


Los primeros aplausos surgieron tímidos desde la delegación de Argelia. Después se sumó Ghana. Luego Indonesia. Egipto. Y como un fuego que se extiende cuando encuentra oxígeno, el aplauso comenzó a crecer.


Pero el Che no se detuvo. No estaba improvisando una rabieta. Estaba construyendo una respuesta que parecía tener años dentro.


—Usted me llama terrorista porque defendí con las armas la soberanía de mi país adoptivo. Porque luchamos contra una dictadura militar que torturaba y asesinaba. Porque nos negamos a ser una colonia económica.


Y entonces lanzó el golpe más inteligente, el que cambió la temperatura del salón:


—Permítame recordarle algo de historia. ¿Cómo se llamarían hoy George Washington, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin si hubieran perdido su guerra de independencia contra el Imperio Británico? Se llamarían terroristas. Insurrectos. Traidores al orden establecido.


El impacto fue inmediato. No era solo una comparación: era un espejo perfecto. El Che acababa de tomar el mito fundacional de Estados Unidos y usarlo como arma moral. Varios delegados se pusieron de pie para aplaudir. Porque en esa frase había una verdad incómoda que la diplomacia rara vez se atreve a decir en voz alta: el vencedor se queda con el título de “libertador”, el derrotado con el de “terrorista”.


—La diferencia, señor Mann —continuó—, es que nosotros ganamos nuestra revolución. Y ustedes no pueden perdonarnos por haber demostrado que el gigante puede ser vencido.


El aplauso creció como una ola. Algunos delegados ya estaban de pie. El salón vibraba.


El Che respiró, y ahora habló sin pedir disculpas por lo que era.


—Usted dice “comunista” como si fuera una acusación. Sí, soy comunista. Creo que los recursos de una nación deben beneficiar al pueblo de esa nación, no a corporaciones extranjeras. Creo que la educación y la salud son derechos humanos, no privilegios. Creo que todo ser humano merece vivir con dignidad, sin importar su color de piel o el tamaño de su cuenta bancaria. Si eso es ser comunista, entonces me siento orgulloso de serlo.


Hubo un silencio breve, tenso, como si todos entendieran que estaban presenciando un momento que se iba a repetir en los libros.


Y entonces el Che apuntó con palabras, no con dedo.


—¿Quién los convierte a ustedes en defensores de la libertad? ¿Apoyar dictaduras como la de Batista? ¿Sostener tiranos en el continente? ¿Derrocar gobiernos elegidos democráticamente? ¿Mantener en la pobreza a millones para asegurar mano de obra barata?


Mann permanecía rígido, con el rostro cada vez más rojo. El insulto que había lanzado se le volvía encima como un boomerang.


El Che, en cambio, parecía más firme cuanto más grande se volvía la sala.


—Yo no soy un terrorista, señor Mann. Soy un revolucionario. Y la diferencia es fundamental. El terrorista siembra miedo y muerte para perpetuar la injusticia. El revolucionario lucha contra la injusticia para construir un mundo mejor. No luchamos para destruir, sino para construir. No luchamos por odio, sino por amor: amor a la justicia, amor a la dignidad humana, amor a la independencia de los pueblos.


Hizo una pausa dramática y remató con una lista que prendió el corazón de América Latina.


—Si eso es terrorismo, entonces Simón Bolívar fue terrorista. José de San Martín fue terrorista. Benito Juárez fue terrorista. José Martí fue terrorista. Todos los que lucharon por la independencia fueron terroristas.


La ovación explotó. Ya no era un aplauso tímido: era un rugido. Delegación tras delegación se puso de pie. Incluso algunos representantes europeos, que rara vez se emocionaban en público, aplaudían. Los periodistas escribían con frenesí, sabiendo que esas palabras viajarían por el mundo más rápido que cualquier comunicado oficial.


El Che levantó la mano para pedir silencio. Poco a poco, el salón se calmó, aunque la energía seguía vibrando como electricidad en la piel.


—Le agradezco su interrupción —dijo, mirando a la delegación estadounidense— porque me ha dado la oportunidad de decir algo fundamental: no nos intimidamos por sus amenazas, no nos doblegamos ante sus presiones económicas, no nos sometemos a sus dictados políticos. Hemos aprendido algo que ustedes no comprenden: la dignidad de un pueblo vale más que todas las comodidades materiales del mundo. Es mejor ser pobre y libre que rico y esclavo. Es mejor morir de pie que vivir de rodillas.


La ovación volvió, larga, sostenida, casi interminable. Dicen que duró más de diez minutos. Diez minutos de un edificio entero temblando con aplausos, como si la ONU, por un instante, recordara para qué existía más allá de los protocolos.


Cuando el Che terminó y abandonó el podio, lo hizo erguido, con la cabeza en alto, con la serenidad de quien sabe que ha transformado un ataque en un triunfo. Mann, en cambio, quedó sentado como una estatua incómoda, víctima de su propia furia. Semanas después, lo apartaron discretamente. Pero el daño —o la lección— ya estaba hecho.


Esa noche, los periódicos del mundo hablaron de “los cinco minutos que cambiaron la diplomacia”. Y es verdad que cambiaron algo: por primera vez, mucha gente que no era cubana escuchó la revolución no como un eslogan, sino como una palabra con dignidad adentro. En África, Asia y América Latina, millones vieron en esa respuesta una prueba de que se podía mirar al poderoso a los ojos sin agachar la cabeza. Que una agresión no tiene por qué definirte. Que el insulto puede convertirse en escalón, si tu carácter es más fuerte que tu orgullo herido.


Y quizá esa sea la parte que más nos toca hoy, sin importar de qué lado estés en la historia: ¿cuántas veces has permitido que un ataque te arrastre a la misma violencia? ¿Cuántas veces has respondido con más rabia, en vez de responder con claridad? A veces, los minutos más importantes de tu vida no son los que te aplauden… sino los que transforman un golpe en una revelación.


Porque hay triunfos que no se ganan con fuerza, sino con dignidad.

jueves, 22 de octubre de 2026

CHINA: ? ES CHINA CAPITALISTA O SOCIALISTA? LA CLAVE ESTA EN QUIÉN TIENE EL PODER ECONÓMICO "



 ¿CHINA ES CAPITALISTA O SOCIALISTA? LA CLAVE ESTÁ EN QUIÉN TIENE EL PODER ECONÓMICO.


Hay quienes aseguran que China es capitalista porque tiene empresas privadas, multimillonarios y mercados financieros, pero confunden dos conceptos fundamentales, la propiedad de los medios de producción y la dirección estratégica de la economía.


Ser propietario significa poseer una empresa, recibir sus ganancias y tomar decisiones sobre su funcionamiento, pero dirigir la economía significa tener el poder para determinar hacia dónde se invierte, qué sectores se desarrollan, cuáles son las prioridades productivas y qué objetivos debe perseguir el crecimiento nacional y esa diferencia es decisiva.


En China, los empresarios privados pueden ser propietarios de sus compañías y acumular riqueza, pero no tienen el control sobre el rumbo económico del país, ya que el Estado conserva el control de sectores estratégicos como la banca, la energía y las grandes infraestructuras y además, mediante políticas industriales, instrumentos financieros, participación accionaria y regulaciones, tiene capacidad para orientar y condicionar las inversiones privadas.


El XV Plan Quinquenal (2026-2030) es una demostración concreta pues en el, las autoridades establecen las prioridades industriales, tecnológicas y sociales del país, y articulan la participación de empresas públicas y privadas para alcanzarlas, en otras palabras, el empresario puede ser dueño de su empresa, pero eso no significa que sea dueño de las decisiones estratégicas que determinan el futuro económico de China.


Y esa dirección estatal ha contribuido a resultados sociales extraordinarios, como el que aproximadamente 800 millones de personas salieron de la pobreza extrema durante cuatro décadas y es por eso que la existencia de capital privado no demuestra que el capitalismo sea el principio rector del sistema chino.


Porque una cosa es permitir que los particulares acumulen capital y otra muy distinta es entregarles el poder para decidir el destino económico de una nación.


En mi nueva columna analizo por qué esta diferencia resulta fundamental para comprender el socialismo con características chinas.


📖 Lee la columna completa en mi blog:

🔗 https://erickgutierrezopinion.blogspot.com/2026/10/china-capitalista-socialista-economia.html


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¡Muchas gracias!


#China #Socialismo #Capitalismo #EconomíaChina #Geopolítica

miércoles, 21 de octubre de 2026

RUSIA, VRS EE.UU : CUMBRE ENTRE ENVIADO De TRUMP Y PUTIN PARA TRATAR DE DETENER Y TERMINAR LA GUERRA DE UCRANIA

 


🇷🇺🇺🇸 El 21 de octubre se celebró en San Petersburgo una reunión del Presidente de la Federación de Rusia, Vladímir Putin, con el Enviado Especial del Presidente de los EE.UU., Steven Witkoff.


💬 Vladímir Putin: Estimado Señor Witkoff, nos alegra mucho verle, esta vez en San Petersburgo.


Sabemos que ayer usted mantuvo una reunión en Noruega y, por supuesto, me interesaría conocer los resultados de esa reunión.


🤝 Quisiera agradecer a usted y al Presidente Trump su atención a los problemas de la resolución de la crisis en Ucrania.


Sé que el Presidente Donald Trump presta especial atención a esto, ante todo por consideraciones humanitarias, y en las conversaciones, incluida la conversación telefónica pasada, hizo hincapié en la necesidad de poner fin a este conflicto, teniendo en cuenta, sobre todo, las bajas entre el personal militar de ambas partes.


Al mismo tiempo, por supuesto, no se trata solo de las bajas entre militares, sino también del sufrimiento de la población civil. En este sentido, quisiera pedirle que transmita las más sinceras palabras de agradecimiento no solo al Presidente, sino también a su esposa, la Primera Dama [Melania Trump], por su contribución a la resolución de asuntos de carácter humanitario.


Y, por supuesto, creo que a Ambas Partes les interesaría abordar los temas relacionados con nuestros planes de restablecimiento de las relaciones bilaterales y de los contactos ruso-estadounidenses, incluido el ámbito de la cooperación económica.


Si usted lo considera posible, por supuesto me interesaría mucho conocer sus valoraciones de la situación en Oriente Medio y en torno a Irán. Usted sabe que tenemos relaciones especiales y de confianza con Irán, con nuestros socios en Irán, nuestros amigos, porque se han forjado durante décadas, y si podemos hacer aunque sea algo para resolver esta crisis, lo haremos con mucho gusto.


Nuestras propuestas en este asunto también son bien conocidas.


Estos y otros temas, sin duda, podrían centrar nuestro intercambio de hoy, incluida una posible reunión en la República Popular China. En este sentido, hay algunas consideraciones que me gustaría compartir con usted.


Le ruego que transmita al Presidente Trump las más sinceras palabras de agradecimiento por sus esfuerzos para resolver la crisis en Ucrania.


Gracias.


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👉 Referente al diésel, tras el anuncio de Ambas Partes de que habrá suministros a EE.UU., en los mercados mundiales los precios del diésel cayeron inmediatamente un 5–6%.


Ahora estamos preparando los envíos, varios buques petroleros. El primer petrolero partirá dentro de dos o tres días: 40 mil toneladas, y luego los petroleros irán uno tras otro. Aquí solo es importante asegurar la parte financiera para que todo funcione.


En cuanto a los agricultores, sé que el Presidente Donald Trump incluso lo mencionó en nuestras conversaciones telefónicas: también podríamos suministrar fertilizantes al mercado estadounidense, y en gran cantidad.


*Traducción no oficial


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